| Lecciones directivas en medio de la ola invernal |
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Los aprendizajes que se derivan de una crisis deben fortalecer aún más las organizaciones. Una experiencia propia hecha lección.Las crisis prueban a las personas, a las sociedades, a las instituciones. Llevan consigo aprendizajes y crecimiento. De hecho crisis, del sustantivo griego crisis, implica separar, juzgar, elegir, decidir. Las circunstancias son críticas cuando cruzan el borde de lo ordinario para convertirse en extra-ordinarias. Y justo en esos momentos hay que tomar decisiones que marcan los aprendizajes y delimitan la ruta a seguir, tanto a nivel personal como organizacional. Enfrentados a circunstancias extraordinarias (la fuerte ola invernal nos tocó a nosotros, como a toda la Universidad de La Sabana), en INALDE hemos palpado los múltiples modos en que se hace realidad aquello de que las organizaciones son lo que las personas que las conforman sean, y que la clave de la dirección viene precisamente de aunar, encauzar e impulsar el desarrollo de esas personas en el marco de lo que la organización tiene como objeto propio. Por ejemplo, la celeridad en la ejecución de los planes de contingencia viene dada no tanto por una realización precisa del proceso en sí, que es necesaria, sino más bien por la preocupación y compromiso de las personas. En el caso de INALDE: materiales, documentos y equipamiento fueron salvados por la rapidez con que empleados de varios niveles dejaron sus vacaciones de Semana Santa y realizaron el traslado durante la noche del lunes, al martes 19 de abril. Esta respuesta, a su vez, se deriva de una concepción amplia de lo que significa responsabilidad. Responsabilidad viene de ‘responder’, y en las organizaciones las estructuras funcionales determinan unas responsabilidades que podemos llamar directas. Sin embargo, cuando las personas piensan y sienten la empresa u organización como suya, esa responsabilidad se amplía. Y en circunstancias extraordinarias, que pueden ponerla en peligro, la respuesta a esa responsabilidad es la que consigue superar dificultades extremas en tiempo y calidad. Ese sentido de responsabilidad, y por tanto de pertenencia, vincula no solo en el presente. Los que de alguna manera han estado relacionados con INALDE también respondieron en estas circunstancias críticas: han sugerido, conseguido, puesto en contacto, y posibilitado una serie de acciones que de otra forma no hubieran sido posibles. Fomentar ese sano sentido de responsabilidad en la mayor cantidad de stakeholders se presenta como uno de los retos del directivo. Reto difícil porque aunque en el mundo empresarial actual se impulsa la creación de comunidades y se destaca las enormes bondades de la colaboración frente a la competencia, todavía se cree que son ideas bonitas pero poco prácticas, o incluso perjudiciales, si de verdad se ponen en práctica a gran escala. Quien más ha visto esta necesidad y la ha expresado con mayor claridad y profundidad es Benedicto XVI. En su Carta Encíclica Caritas in Veritate habla de elaborar una nueva economía basada en lo que denomina la “lógica del don”. Una de las posibles puestas en práctica de esta lógica del don tiene que ver con la amistad: ¿qué es un grupo de verdaderos amigos si no una comunidad en la que cada uno se dona a los demás? Comunidad y gratuidad (don) son ambos elementos necesarios para que exista verdadera amistad. Comunidad no solo porque es indispensable el “otro” para que haya amistad. De hecho, no todo grupo es comunidad. Para que esta exista hace falta algo que los una, un elemento aglutinante. En algunos casos la condición de comunidad viene dada por la cercanía geográfica, en otros por las preferencias de compra, los favoritismos deportivos o el grupo etáreo. Dependiendo de cuál sea ese elemento común derivará la fuerza de la comunidad En las empresas y organizaciones lo que debería constituir el elemento común, mucho más allá de vínculos contractuales laborales o de otro estilo, es la identificación con la misión. Esto fortalece la institución y la pone en situación para enfrentar crisis y salir mejorada de ella. Gratuidad, por otra parte, porque es imposible pensar en amistad si lo que existe al interior de esa comunidad no son relaciones de recíproca donación. Los amigos se dan a sí mismos a sus amigos, o no son amigos de verdad. Esto no quiere decir que las recuperaciones se logren gracias a ‘regalos’ que hacen los amigos. Las acciones de rescate, en el caso de INALDE, han implicado contratar, comprar o alquilar una enorme cantidad de bienes y servicios, a precio de mercado o incluso superiores, y esto es parte importante de la salida. Pero esto solo no alcanzaría. Han sido los gestos de amistad, grandes y pequeños, los que han hecho que la fuerza que hemos ido adquiriendo se multiplique enormemente. Alguien que conoce a alguien que puede conseguir algo, o uno que llama a otro que facilita esto o aquello transforma las batallas perdidas en una lucha con olor a victoria. Esa demostración genuina de interés por el otro ayuda a mejorar los ánimos, despeja panoramas y permite tomar decisiones prudentes. Todo eso hacen los amigos. Por eso la lógica del don, entendida en términos de amistad, puede permitir un desarrollo a las empresas y organizaciones que hasta ahora no hemos visto, precisamente porque no nos hemos atrevido a vivirla. La tragedia humana que se vive en gran parte de Colombia ha movido los corazones de mucha gente y hay varias iniciativas de ayuda, públicas y privadas, que están aliviando el sufrimiento de muchas personas. De todas formas, aún no estamos haciendo ni una mínima parte de lo que podemos y debemos hacer por nuestros hermanos más afectados. Las crisis, al colocarnos al límite, nos ayudan a optar por alternativas antes no elegidas. Esta es una ocasión de lujo para empezar a hacer el cambio hacia esa lógica del don que nos permite crecer como personas y como instituciones. La responsabilidad de ese giro copernicano recae precisamente en los directivos. Autores:
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