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La delgada línea gris

12 de agosto de 2012
La delgada línea gris

Quiero comentar un error práctico que se da, más frecuentemente de lo que creemos, en la vida de directivos, empresarios y colaboradores. Tiene que ver con el confundir, a nivel teórico y/o práctico, medios con fines.

Sandra Idrovo

Directora de Investigación de INALDE

Con este título se podría pensar que lo que viene a continuación tiene que ver con algún dilema ético. Y aunque en toda acción humana, racional y voluntaria, está presente la dimensión ética –por eso es precisamente humana–, no es en ella en la que me quiero centrar. Quiero comentar un error práctico que se da, más frecuentemente de lo que creemos, en la vida de directivos, empresarios y colaboradores.  Tiene que ver con el confundir, a nivel teórico y/o práctico,  medios con fines.

¿A qué me refiero? A establecer o entender como fin de mi actividad (en el caso de una organización) o de mi acción (en el caso de un individuo) algo que tiene razón de medio; es decir, que en realidad es un instrumento para conseguir algo más. Un ejemplo de esto puede ser la consideración del papel que juega la tecnología dentro de una organización.

La tecnología es el conjunto de destrezas, saberes y medios necesarios para conseguir un fin determinado, mediante el uso de objetos artificiales (artefactos) y/o la organización de tareas. Entonces, la tecnología tiene razón de medio. La usamos para satisfacer una necesidad o un deseo; es un medio para mejorar procesos, facilitar servicios… para cumplir de una mejor manera con los fines de la empresa.

Ahora bien, cuando se oye hablar de la tecnología como un valor, es cuando comenzamos a trastocar los términos, porque la tecnología en sí misma no significa nada, no conlleva a nada y no funciona. Lo que se puede valorar en todo caso es la eficiencia que imprime en la consecución del fin individual o empresarial. La tecnología tiene que servir a los procesos organizacionales que, a su vez, articulan la realización de la misión de la empresa. Cuando se trastocan los términos y la tecnología ‘manda’ sin satisfacer las necesidades para las que fue creada, por ejemplo, se cae en absolutizaciones que pervierten los procesos, dificultando así la consecución de metas y resultados, desdibujando la estrategia. Lo que es un medio, se ha convertido en un fin.

Una consideración similar tiene que hacerse respecto del rol que juega la comunicación en las organizaciones. En primer lugar, hay que entender que la comunicación no es la simple transmisión de datos y/o información. La comunicación humana, y de eso hablamos en las empresas aunque usemos medios tecnológicos para ello, es básicamente ‘poner en común’. Propicia, como sugería un gran profesor español de comunicación, Alfonso Nieto, el encuentro de inteligencias, cumpliendo así su papel de medio. En las organizaciones, la comunicación es el enlace entre la definición de lo que ha de hacerse y la motivación a las personas para que lo hagan; así, se exige la puesta en común de diferentes personas para un fin.

Sin embargo, puede convertirse en barrera insalvable cuando por ausencia o exceso, en vez de ser medio que una personas, se constituya en término de la misma acción directiva. El directivo define y decide lo que ha de hacerse, pero eso se llevará a cabo con la contribución de otras personas.  La ausencia de comunicación parará en seco la realización de las acciones decididas porque las personas que tienen que hacerlo no han sido puestas en común. 

Pueden haber sido informadas de lo que hay que hacer, pero no se ha incluido el por qué y el para qué, y en esas circunstancias las respuestas de los colaboradores son básicas, mínimas o, en el peor de los casos, no hay respuesta. Por otra parte, el exceso de información tampoco permite la puesta en común, ya que obscurece y dificulta la concreción de aquello que se tiene que realizar, su por qué y para qué; y en este escenario la respuesta de los colaboradores tampoco es la más conveniente.

Comunicar bien no es solo cuestión de estrategias, tiene que ver, primordialmente, con tiempos e intensidades; tiene que ver con armonizar medios y contenidos. Por ello el directivo tiene que tener clara la partitura musical, en este caso el fin a conseguir, para que puestos todos en común de la melodía, contribuyan con su mejor interpretación.

La razón de medio de la comunicación es tan importante que hace que pase desapercibida; pero cuando aparece la desconfianza, también se asoma la desmotivación y los resultados comienzan a no darse, surgiendo la pregunta acerca de lo que sucede… los diagnósticos descubren, generalmente, problemas de comunicación.

Un directivo no puede perder de vista la sutil diferencia entre fines y medios. Y no la puede perder, especialmente, a nivel práctico. De hacerlo, la empresa comienza a deslizarse por una pendiente empinada cuyo final no será positivo.

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