Año de la fe ¿Ha de influir la fe cristiana en la dirección de empresas? : Detalle blog - Inalde

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Año de la fe ¿Ha de influir la fe cristiana en la dirección de empresas?

Año de la fe ¿Ha de influir la fe cristiana en la dirección de empresas?

Si bien la fe debe ser algo permanente para el que cree, el divorcio entre esta y la vida diaria es uno de los grandes problemas que aqueja a la sociedad actual. Por eso, el Santo Padre, Benedicto XVI, ha proclamado el ‘Año de la fe’, insistiendo así en su poder y belleza, que no se aparta de la actividad empresarial. De hecho, la fe debe notarse en el modo de trabajar y de dirigir empresas.

Domènec Melé
Profesor Ordinario de Ética Empresarial
IESE Business School

El pasado 11 de octubre, su Santidad, el Papa Benedicto XVI, inauguraba solemnemente el ‘Año de la fe’, que la Iglesia Católica vivirá hasta el 24 de noviembre de 2013. Seguramente muchos se han preguntado por qué esta convocatoria: ¿No es acaso la fe algo permanente para el que cree? Así es. La fe cristiana, por su propia naturaleza, está llamada a orientar la vida entera de los fieles, incluidas la actividad profesional y empresarial. ¿Por qué entonces un año dedicado a ella? El Romano Pontífice ha resumido su intención, señalando la necesidad de “ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe”1. Para ello, invita a redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.2

Considerando a todos los fieles, podemos encontrar algunos que tienen claro que “la fe y la vocación de cristianos afectan toda nuestra existencia, y no solo una parte” y que “las relaciones con Dios son necesariamente relaciones de entrega, y asumen un sentido de totalidad”3. Otros, en cambio, pueden tenerlo menos claro y actuar con una dinámica de completa separación entre la fe que profesan y su actividad profesional o empresarial. No es nuevo. El Concilio Vaticano II, inaugurado hace cuncuenta años, señalaba esta situación con preocupación, como se lee en uno de sus documentos: “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época”.4

En algunas otras personas el problema no es, en primer lugar, que exista separación entre fe y vida, sino que su fe es muy débil y, en ocasiones, se debaten con crisis de fe, o pueden incluso haberla perdido casi por completo. Al convocar el ‘Año de la fe’, el Romano Pontífice es consciente de que estas crisis de fe afectan a muchas personas5, pero su convocatoria está hecha desde la esperanza de que el hombre actual, como la samaritana, puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo, con su cántaro vacío –vacío de sentido existencial– “para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14)”.6

De lo anterior se desprende que, según las enseñanzas de la Iglesia Católica –y no está sola en esta afirmación– la fe debería notarse en el modo de trabajar y de dirigir empresas. Pero, en la práctica, ¿es relevante la fe cristiana para los directivos de empresa? En otras palabras, ¿Hay alguna diferencia entre el modo de dirigir empresas de alguien que es una persona cristiana, con fe recia, y otra que no lo es?

La respuesta a esta pregunta exigiría un amplio estudio empírico, que hasta donde conozco, está todavía por hacer. Sin embargo, de diversas conversaciones personales con ejecutivos y empresarios cristianos deduzco que muchos, efectivamente, son conscientes de esta relevacia. A veces explican situaciones en las que la fe les ha sostenido antre dificultades importantes, les ha dado serenidad ante angustiosas incertidumbres o les ha dado fuerza interior para ir adelante. Algunos afinan un poco más y confiesan que la fe cristiana les da una visión, un modo de entender el trabajo, de ver el valor de las personas y la entera comprensión de la empresa y su papel en la sociedad. Entienden, como lo entendió San Josemaría Escrivá, que “la actitud del hombre de fe es mirar la vida, con todas sus dimensiones, desde una perspectiva nueva: la que nos da Dios”.

La relevancia de la espiritualidad en el trabajo, incluyendo el trabajo directivo, es cada vez más aceptada. De hecho, desde hace varios años, estudiosos del management están prestando atención al fenómeno de la espiritualidad en la empresa. La Academy of Management, la organización más grande del mundo de docentes e investigadores en dirección de empresas, cuenta con un numeroso grupo dedicado a este tema. No todos son cristianos, ni siquiera creyentes. De hecho, en encuentros con este grupo, a los que he asistido en diversas ocasiones, con cierta frecuencia algunos insisten en distinguir y separar cuidadosamente espiritualidad y religión, argumentando que se puede ser “espiritual” sin ser “religioso”. Nadie duda, sin embargo, que quienes tienen fe religiosa, y concretamente fe cristiana, tienen también espiritualidad.

Una espiritualidad sin religión, que asumen incluso ateos, acepta cierta trascendencia al ser humano, aunque por lo general queda reducida a un vago sentimiento de algo que es superior al propio ‘yo’, como una fuerza cósmica que nos trasciende. En ocasiones, se hace pivotar la “espiritualidad” en una amalgama de elementos tomados de diversas creencias religiosas, sin más criterio que la autonomía personal. De este modo, pueden encontrarse múltiples espiritualidades que no ofrecen ninguna exposición sistemática de contenidos, ni exigen ningún tipo de relación con la divinidad, ni mucho menos asumen ningún compromiso. Estas espiritualidades vienen a ser una interioridad que ayuda a afrontar situaciones incómodas o que actúan como una terapia para sentirse bien.

La base en la que se apoyan estas espiritualidades ciertamente es endeble; su solidez descansa simplemente en confiar en lo que uno mismo ha construido. El soporte interior que proporcionan cuando se presentan situaciones extremas no puede ser muy grande. Con todo, estas propuestas reflejan la importancia de considerar y contar con una fuerza interior, espiritual, para afrontar el trabajo y la siempre difícil tarea de dirigir personas, o la voluntad de encontrar algún sentido a la propia actividad, más allá de las recompensas que pueda traer.

La fe, un conocimiento por creencia

La fe cristiana proporciona una certeza distinta, no derivada de algo elaborado por uno mismo, sino recibido. Es reconocimiento, confianza y aceptación de Cristo, Hijo de Dios y hombre verdadero; alguien que se presenta como “camino, verdad y vida” (Jn 14, 6) y como “luz del mundo” (Jn 8, 12); que llama a su seguimiento y a tener una íntima relación con Él. Como señala Benedicto XVI, la fe cristiana no viene del encuentro con una idea o con un proyecto de vida, “sino con una Persona viva que nos transforma en profundidad a nosotros mismos, revelándonos nuestra verdadera identidad de hijos de Dios”.7

La fe cristiana tiene también unos contenidos que se aceptan no por su evidencia experimental sino porque viene de alguien en quien creemos. Es, pues, un “conocimiento por creencia”. Este tipo de conocimiento no es privativo de la esfera religiosa; en realidad es un modo de conocer muy habitual en la vida ordinaria y también en la empresa. Creemos a los colaboradores de confianza sin verificar continua y detalladamente todo lo que dicen, adquirimos “conocimiento por creencia” a través de lo que nos cuentan nuestros amigos que consideramos veraces, creemos en el diagnóstico de un buen médico, en lo que nos asegura un experto… En una ocasión, el Papa Juan Pablo II aseguró que los conocimientos basados en afirmaciones ajenas deben perfeccionarse progresivamente mediante la evidencia lograda personalmente; pero, al mismo tiempo, señaló que “la creencia con frecuencia resulta más rica desde el punto de vista humano que la simple evidencia, porque incluye una relación interpersonal y pone en juego no solo las posibilidades cognoscitivas, sino también la capacidad más radical de confiar en otras personas, entrando así en una relación más estable e íntima con ellas”.8 Esto es lo que ocurre con la fe cristiana, basada en la confianza que nos merece Jesucristo. Una confianza que puede robustecerse con el paso del tiempo, como lo expresaba San Pablo al final de su vida, cuando exclamaba: “Sé de quien me he fiado” (Tim 1,1).

La razón humana ayuda a comprender la empresa como una realidad humana, más allá de su comprensión económica o sociológica; se trata de un conjunto de personas que aporta trabajo, capital, conocimientos y voluntades a una tarea común que permite crecer como seres humanos. La fe cristiana refuerza las convicciones racionales y arroja nueva luz, que permite una visión más profunda y penetrante del mundo y de la empresa.

Una visión más profunda de la empresa

La fe cristiana proporciona una visión global del mundo, que incluye la consideración del hombre y de la sociedad; el modo de entender la empresa; la concepción de la ética y los contenidos del bien moral; el valor del trabajo; el papel de la economía; la relación adecuada con el medio ambiente y, sobre todo, el sentido profundo de la vida y la relación del hombre con Dios.
En la relación con Dios destacan dos hechos cruciales: Dios es el Creador de todo cuanto existe y es Redentor, a través de Jesucristo, al salvarnos de la esclavitud del pecado y llamarnos a la filiación divina y a la vida eterna.

Dios ha tenido una intervención directa en la creación del hombre, quien ha sido creado a su imagen y semejanza (cf Gen 1, 26) y, por tanto, con una gran dignidad. En el contexto de la Creación, el trabajo humano aparece como una llamada de Dios. Dios entrega el mundo al hombre –varón y mujer– para que lo domine responsablemente y lo cultive (cf Gen 1 y 2). Así que el trabajo, también el de dirigir y liderar empresas, tiene, pues, carácter vocacional.

La razón humana descubre en el trabajo un medio para el sustento propio y ajeno, para establecer relaciones de colaboración con otros y para contribuir al desarrollo personal y social. La teología de la creación añade que el trabajo responde a la voluntad creadora de Dios y es, en primer lugar, cooperación a la obra de la Creación –así lo vieron desde época temprana los Padres de la Iglesia–, de modo que el trabajador es un “co-creador”. Así lo refleja aquel picapedrero medieval que afirmaba que su actividad no era picar piedra sino hacer una catedral.

Dios no es solo Creador; es también Providente: conserva y gobierna todo lo que ha creado, de modo suave pero eficaz. “El testimonio de la Escritura es unánime; la solicitud de la divina Providencia es concreta e inmediata; tiene cuidado de todo, desde las cosas más pequeñas hasta los grandes acontecimientos del mundo y de la historia”.9 Esto no nos priva de nuestra libertad ni de la consiguiente responsabilidad. De ordinario, Dios no actúa directamente, sino a través de “causas segundas”, contando con nuestra cooperación, pero tampoco es extraño a nuestra vida y actividad. La fe lleva a trabajar sintiéndose en la presencia de Dios.

El panorama de la vida humana se amplía, y con él el sentido del trabajo, si consideramos otras dos verdades de la fe cristiana, verdaderamente capitales: la Encarnación del Verbo –Jesucristo siendo Dios, y sin dejar de serlo, se hace hombre– y la Redención o Salvación; esto es, el rescate del hombre de su separación de Dios a través del pecado, llamándolo a ser hijo de Dios en este mundo y por toda la eternidad, lo cual se realiza por la unión con Cristo. Con palabras certeras lo afirma un texto, ahora famoso, del más reciente Concilio Ecuménico:

“El misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado (…) Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación (…) En él [Cristo], la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre”10

Desde esta perspectiva, las personas se valoran más por lo que son que por lo que tienen o aportan. Se entiende, además, el carácter instrumental de la economía y de los progresos tecnológicos y la necesidad de tratar a las personas con respeto y afecto, y de lograr que el trabajo contribuya al bien de las personas y no solo a incrementar el valor económico añadido. Más aún, se vislumbra la exigencia de organizar las relaciones empresariales con justicia y sentido de fraternidad y se toma conciencia de que “cuanto llevan a cabo los hombres para lograr más justicia, mayor fraternidad y un planteamiento más humano en los problemas sociales, vale más que los progresos técnicos”.11

La Iglesia, en sus enseñanzas sociales,12 recuerda estos y otros contenidos morales de la fe, y con frecuencia recuerda aspectos concretos de la actividad económica a los que se deben prestar atención. Este es el caso, por ejemplo, de un párrafo del mensaje final del reciente Sínodo de Obispos, en el que se hace una llamada a “liberar el trabajo de aquellas condiciones que no pocas veces lo transforman en un peso insoportable (…) tal es el caso del desempleo, especialmente entre los jóvenes; poner a la persona humana en el centro del desarrollo económico; y pensar este mismo desarrollo como una ocasión de crecimiento de la humanidad en justicia y unidad”.13 Y en relación al medio ambiente, añade: “El hombre, a través del trabajo con el que transforma el mundo, está llamado también a salvaguardar el rostro que Dios ha querido dar a su creación, también por responsabilidad hacia las generaciones venideras”.14

La fe, certeza para mirar al futuro y garantía de amor

La fe no solo ilumina aspectos concretos de la vida, como la actividad empresarial. En realidad, “tener fe en el Señor –afirmaba recientemente Benedicto XVI– no es un hecho que interesa solo a nuestra inteligencia, el área del saber intelectual, sino que es un cambio que involucra la vida, la totalidad de nosotros mismos: sentimiento, corazón, inteligencia, voluntad, corporeidad, emociones, relaciones humanas. Con la fe, cambia verdaderamente todo en nosotros y para nosotros, y se revela con claridad nuestro destino futuro, la verdad de nuestra vocación en la historia, el sentido de la vida, el gusto de ser peregrinos hacia la Patria celestial”.15 Al suponer confianza en Cristo, la fe proporciona esperanza y motivación. En Cristo “tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero”.16

Certeza para mirar al futuro porque somos hijos de Dios en Cristo, y Dios está continuamente a nuestro lado. En palabras muy bellas, lo expresa así san Josemaría Escrivá: “Es preciso convencerse de que Dios está junto a nosotros de continuo (…) Y está como un Padre amoroso –a cada uno de nosotros nos quiere más que lo que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos– ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo... y perdonando”17. Sin duda, la presencia de Dios lleva a afrontar el futuro con serenidad.

Por otra parte, Dios, que es un Padre bueno y amoroso, no puede querer nada malo para sus hijos, aunque a veces permite que sufran como medio de obtener bienes superiores. Algo que, en ocasiones, puede ser difícil de entender; sin embargo, desde la fe sabemos que “todo es para bien para los que aman a Dios”, según la famosa expresión de San Pablo (Rom 8, 28). Las personas de fe tienen el convencimiento interior, profundo, de que Dios es Padre, y de los males saca bienes. Job presentó una actitud de fe en forma de aceptación de lo que humanamente pueden denominarse desgracias, en unas conocidas palabras: “El Señor me lo dio; el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor” (Jb 1, 21). La fe cristiana va todavía más lejos, tomando ejemplo de Cristo en la cruz, que se abandona totalmente a la voluntad del Padre: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Una guía inolvidable no solo para afrontar las dificultades del trabajo directivo o para hacer frente a los ocasionales reveses de fortuna, sino para afrontar humillaciones y frustraciones familiares, profesionales o empresariales.

La fe en Cristo es también la garantía de un amor auténtico y duradero. El cristiano se sabe amado por Dios. Más aún, la opción fundamental de la vida del cristiano es haber creído en el amor de Dios18, según la expresión bíblica que nos transmite la primera Carta de San Juan: “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él” (1 Jn 4, 16). Un amor que exige correspondencia y que ha de impregnar toda la vida del cristiano, incluido el que dirige empresas. Esto añade una motivación religiosa a las motivaciones convencionales generalmente consideradas en el ámbito empresarial. El cristiano tiene, como todos, motivos extrínsecos para su trabajo, como la remuneración, adquirir reputación u otras recompensas; o motivos intrínsecos, como el gusto, el aprendizaje o el sentido de pertenencia a una organización. Pero, además, tiene la motivación que le da su fe: trabajar cumpliendo la voluntad de Dios y hacerlo unido a Cristo.

A modo de conclusión, podemos afirmar que, efectivamente, la fe cristiana debe influir en el modo de dirigir las empresas. Los cristianos estamos invitados a vivir nuestro trabajo y nuestra actividad empresarial desde la fe, también en periodos de crisis y en momentos en los que la fe se pone a prueba, sabiendo que estamos en manos de Dios, y Dios sabe más.

Citas:

  1. Benedicto XVI, (2011). Porta Fidei, Carta Apostólica convocando el ‘Año de la fe’, n. 4.
  2. Ibid, n. 11.
  3. Escrivá, San Josemaría. Es Cristo que pasa, n. 46. 
  4. Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, Constitución Pastoral, n. 43.
  5. Benedicto XVI, (2011). Porta Fidei, Carta Apostólica convocando el ‘Año de la fe’, n. 2.
  6. Cf Ibid, n. 3.
  7. Benedicto XVI. Audiencia General del 17 octubre de 2012.
  8. Juan Pablo II, (1998). Encíclica Fides et ratio, sobre la relación entre fe y razón, n. 32.
  9. Catecismo de la Iglesia Católica, n. 303.
  10. Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, Constitución Pastoral, n. 22.
  11. Ibid., n. 35.
  12. Para una introducción, ver Melé Domènec, (2012). Cristianos en la sociedad. Introducción a la doctrina social de la Iglesia, 5ª ed. actualizada. Rialp, Madrid.
  13. Asamblea General del Sínodo De Obispos. Mensaje al Pueblo de Dios (28 octubre de 2012), n. 10.
  14. Ibid.
  15. Benedicto XVI. Audiencia General del 17 de octubre de 2012.
  16. Benedicto XVI (2011). Porta Fidei, Carta Apostólica convocando el ‘Año de la fe’, 1. cit., n. 15.
  17. Escrivá, San Josemaría. Camino, 267.
  18. Cf Benedicto XVI, (2006). Encíclica Deus Caritas est, n. 1.

Referencia:

  • Asamblea General del Sínodo De Obispos. Mensaje al Pueblo de Dios (28 octubre de 2012), n. 10.
  • Benedicto XVI, (2011). Porta Fidei, Carta Apostólica convocando el ‘Año de la fe’.
  • Benedicto XVI. Audiencia General del 17 octubre de 2012.
  • Benedicto XVI, (2006). Encíclica Deus Caritas est.
  • Catecismo de la Iglesia Católica.
  • Concilio Vaticano II. Gaudium et spes, Constitución Pastoral.
  • Escrivá, San Josemaría. Camino.
  • Escrivá, San Josemaría. Es Cristo que pasa.
  • Juan Pablo II, (1998). Encíclica Fides et ratio, sobre la relación entre fe y razón
  • Melé Domènec, (2012). Cristianos en la sociedad. Introducción a la doctrina social de la Iglesia, 5ª ed. actualizada. Rialp, Madrid.


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