¿La era digital es un tsumani para su dirección? Llegó la hora de surfear


 

Sálgase del grupo de los que temen y dé el primer paso: asuma la realidad y encare con el liderazgo y la serenidad que solo tienen los verdaderos líderes ese entorno, a la vez incierto y lleno de posibilidades, que brota en todos los sectores. Los tsunamis existen a la par que hay directivos que también pueden ser disruptivos.
 


 

 

German Serrano
Profesor de INALDE Business School



Desde hace varias décadas se habla de la necesidad que tienen las empresas de adaptarse a los cambios planteados por los nuevos tiempos para no quedarse atrás, no solo desde el punto de vista de la generación de productos novedosos y estrategias de negocio más ágiles, sino también de la “actualización” de los sistemas para “estar al día”, y la manera de dirigir a las personas. Expresiones como “el cambio es una constante” o aquella afirmación atribuida a los romanos de que “quien no avanza, retrocede”, formaban parte del léxico ordinario hasta hace pocos días.

Pero hoy las cosas son diferentes. Cuando aún no atinamos a resolver el reto de qué hacer con los millennials, nos llega ahora la cuarta revolución industrial que plantea una disrupción de grandes proporciones, que amenaza arrasar con todo lo que encuentre a su paso, a menos que seamos capaces de subirnos a un tren en movimiento que avanza a velocidad de vértigo. Una verdadera transformación que impactará a toda la sociedad y sus instituciones: el trabajo, la familia, la educación, la empresa, la salud… No cabe duda de que nos enfrentamos a un cambio de época.

Es evidente que los avances de esta revolución digital exigirán una mirada diferente al mundo que nos rodea, y la tarea directiva no es la excepción. Es bien sabido que sus dos grandes pilares son la consecución de resultados y el gobierno de las personas. Asignaturas de gran calado que hay que atender con exquisito esmero. Pero, a diferencia de lo que se pudiera pensar, el asunto no es de técnica ni de conocimientos. Lo cual no quiere decir que el directivo no se tenga que esforzar para comprender con precisión los retos a los que se enfrenta y ponerse a la altura de las nuevas realidades. Pero más que conocimientos deberá hacer acopio de todas sus facultades y destrezas para responder con acierto a la razón de ser de su oficio: tomar decisiones.

No obstante, si bien las nuevas tecnologías –inteligencia artificial, biotecnología, big data, Internet de las cosas, etc.– constituyen un verdadero tsunami para la industria y la sociedad en general, vaticinado años atrás por el fundador y director ejecutivo del Foro Económico Mundial Klaus Schwab, algo de lo que podemos estar seguros es que las máquinas no van a sustituir al directivo en esa delicada responsabilidad de guiar los destinos de la empresa y encauzar adecuadamente el trabajo de las personas hacia el logro de unos objetivos propuestos. Esta es la buena noticia; la mala, si cabe, es que ahora, más que nunca, el directivo se tiene que tomar muy en serio el desarrollo de sus habilidades para estar a tono con las exigencias de esta nueva revolución industrial y no morir en el intento.

Velocidad, conectividad, innovación y abundancia de información son algunas de las características de esta nueva era, elementos con los que estamos ya habituados pero que, a partir de ahora, crecerán de manera exponencial. Un incremento que obliga a decisiones más rápidas y precisas con un rango de tolerancia al error más limitado. Será necesario repensar también la manera de dirigir a las personas, aunque su esencia permanece. Como señala Melendo, el directivo ha de ser capaz de crear un ambiente que permita “hacer rendir humanamente” el trabajo, en el que la gente, a la vez que consigue resultados para la empresa, crece y se desarrolla profesional y personalmente” (Melendo, 1990).

HABILIDADES DIRECTIVAS

¿Y cuáles son esas habilidades necesarias para el directivo en la era digital? Como reza el dicho popular, no hay nada nuevo bajo el sol. Si nos atenemos a los cánones clásicos del management, el directivo responde en esencia a una triple función: decidir, mandar y hacer síntesis (Llano, 1996). Le corresponde, en primer lugar, tomar decisiones de todo tipo basado en criterios adecuados según las circunstancias del entorno, intentando acertar; en segundo lugar, debe atender al mando de personas –su equipo de colaboradores–, un liderazgo tal que consiga que cada uno haga lo que tiene que hacer y lo haga bien y de manera oportuna; y, finalmente, la función de síntesis, que consiste en armonizar el trabajo de los especialistas y encaminar su trabajo hacia el logro de un objetivo común.

No obstante, siendo cierto que los fundamentos de la tarea directiva conservan su esencia, no podemos caer en la simplicidad de pensar que todo sigue igual. Evidentemente no es así; los retos están en la especificidad de los elementos de esa triple función. El contenido de las decisiones será más complejo y exigirá del directivo una mirada diferente para entender los nuevos modelos de negocio, los alcances de la inteligencia artificial, el uso de la analítica y los demás elementos de la transformación digital, además de claridad de criterios y agilidad de respuesta. Un cometido que solo se logra mediante un proceso continuo y riguroso de formación, aprendizaje y esfuerzo personal (Cardona, 2004).

LA DIRECCIÓN DE PERSONAS OFRECE UNO DE LOS MAYORES DESAFÍOS

Dotar a la organización de ese talento diferencial que demandan los nuevos tiempos, ofrecer a los colaboradores los medios necesarios para adquirir las habilidades requeridas y encauzar con acierto los esfuerzos de esas personas de tal manera que contribuyan eficazmente a la productividad de la empresa es todo un desafío por el efecto que el ritmo de los cambios puede generar en su entusiasmo, nivel de compromiso y motivación hacia el trabajo. Como señala Schwab (WEF, 2016), “el buen liderazgo demanda un cambio radical en nuestra visión de involucramiento colaborativo de cara al futuro”.

En resumidas cuentas, el directivo está llamado a cambiar sus esquemas de pensamiento, derribar paradigmas, aprender a dirigir de forma diferente a la que hasta ahora ha llevado con éxito, interpretar con acierto el ritmo acelerado de crecimiento de los negocios, en una palabra, a ser disruptivo. Y todo esto demanda un cuidadoso ejercicio de reflexión.

PRUDENCIA, VIRTUD DE VIRTUDES

Ante los cambios históricos que se avecinan, aunque en realidad ya están presentes, el peligro es caer en el fatalismo de pensar que esto se va a acabar, que las máquinas dominarán al hombre y que es tarde para reaccionar, o caer en el miedo, ese enemigo oculto que perturba y paraliza; decía Franklin D. Roosevelt que “a lo único que hay que tener miedo es al propio miedo”. O lo que sería peor, subirnos a esa locomotora de alta velocidad sin tener plena conciencia de lo que estamos haciendo. Como reza el refrán español “vísteme despacio porque tengo prisa”. La precipitación, se sabe, es muy mala consejera.

La cualidad más importante que debe cultivar el directivo es, sin lugar a duda, la prudencia; su mejor aliada a la hora de tomar decisiones. Se podría decir que es el hábito de decidir bien. Una persona prudente es aquella que tiene criterio, que sabe discernir y que juzga bien, que resuelve las cosas con acierto (Lorda, 2013). La primera decisión con la que tropezamos es cómo hacer frente a la magnitud de los cambios que plantea esta cuarta revolución industrial. La respuesta más inmediata no puede ser otra que “asumir la realidad”; una realidad que no acabamos de descifrar del todo, una realidad que tiene más preguntas que respuestas, llena de incertidumbre, de retos, pero que ofrece también grandes posibilidades de progreso y bienestar para las personas.

Es necesario discernir acerca del alcance real de la situación concreta de cada organización y de su entorno de negocio: cuáles son los riesgos ciertos, las amenazas y oportunidades que ofrece, y los escenarios posibles a los que tiene que hacer frente; cómo preparar a los colaboradores para que sepan responder a los desafíos de ese futuro que ya está aquí; cómo apoyarlos en su desarrollo profesional y personal; ellos serán, en última instancia, los protagonistas de esta nueva versión de la economía.

Finalmente, no podemos olvidar que el directivo tiene la responsabilidad de contribuir a la transformación de la sociedad, como su primer influencer, haciéndola más próspera y más humana; su impacto debe traspasar los límites de unos resultados económicos ciertamente importantes, hasta crear un mundo donde las personas puedan encontrar respuesta a sus aspiraciones, incluso, la más alta de ellas, alcanzar la plenitud de vida. Termino con una afirmación del gran canciller de la Universidad de Navarra en la conmemoración de los sesenta años del IESE: “La principal tarea del directivo es la de convocar, formar, orientar, exigir, animar, cuidar y, en ocasiones, sanar ese equipo humano que llevará adelante las actividades de la empresa”, y más adelante, concluye que “la empresa es, sin duda, una gran transformadora de personas, para bien o para mal”.

- Artículo publicado en la Edición N° 53: Retos del líder 4.0. Nuevos líderes para los nuevos tiempos de la Revista INALDE -