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Me disculpo por no haber hecho trampa

8 de junio de 2017
Me disculpo por no haber hecho trampa

Cuando los resultados priman por sobre el proceso necesario para obtenerlos, se sorprende uno diciendo cosas que quizá, en su sano juicio, no diría. Un ejemplo del fútbol para provocar una reflexión empresarial: en el partido del pasado 23 de abril entre el Real Madrid y el Barcelona, faltando menos de un minuto para que acabara el partido en empate (lo que convenía al Real Madrid), Sergi Roberto, del Barcelona, partió con el balón en contragolpe; esquivó a Marcelo, del Real Madrid, y la jugada terminó en gol a escasos segundos del final.

Artículo de Portafolio

La pregunta que todos nos hicimos fue, ¿cómo es posible Marcelo no le haya hecho falta a Sergi Roberto? Si lo hubiera derribado, hasta ahí habría llegado la jugada, y el partido habría terminado empatado. Esta derrota agónica del Real Madrid pudo costarle la Liga. Todo por culpa de Marcelo. De hecho, al día siguiente, el diario español El País publicó la disculpa de Marcelo: “Asumo la culpa de no haberle hecho falta a Sergi Roberto” decía el titular[1].

Lo leí y me sorprendió; ¿se está disculpando por no haber hecho trampa? La pregunta, claro, es: ¿tumbarlo habría sido trampa? Con quienes he hablado del tema me dicen que no, que se llaman “faltas tácticas” y que no son trampa, sino parte del juego. Pero no me acaban de convencer.

Yo supongo que el árbitro está, al menos por tres razones: para determinar con justicia quién tiene razón cuando la jugada no es clara; para controlar con rigor los ánimos exaltados, propios de los deportes, que lleven a jugadas fuera del reglamento; y para sancionar con severidad cuando un jugador pretende conscientemente violar el reglamento.

Las dos primeras son cosas normales del deporte y aunque deban ser sancionadas, claramente no son trampa. En el tercer caso, siendo también “solo” faltas al reglamento, hay algo diferente: la falta no se hace por torpeza o exaltación; se hace conscientemente, sabiendo y queriendo el resultado, que en este caso concreto hubiera sido detener una jugada que podía terminar en gol, por medios que se sabe están fuera del reglamento, como una zancadilla o un agarrón.

Un ejemplo de otro deporte; si en una carrera de 400 metros un corredor se tropieza y cae, y en su caída tumba a otro corredor, no hay trampa; pero sí, conscientemente y queriéndolo, tumba al corredor más veloz para que otro compañero de equipo gane la carrera, no solo está fuera del reglamento, sino que hace trampa, ¿verdad? Y seguramente nos sorprendería mucho que un corredor saliera a decir en los medios que se disculpa ante su país por no haber tumbado al rival que finalmente ganó la carrera, porque si lo hubiera hecho, seguramente su compatriota que llegó de segundo hubiera ganado la carrera.

La economía de mercado, como los deportes, se apoyan no solamente en un reglamento y unas leyes, sino también en un sustento ético; una serie de buenos comportamientos difíciles de remplazar con solo contratos o jueces. Conforme el ambiente en la cancha o en el mercado se deteriora, todo el proceso se envilece y pierde valor.

Una razón curiosa de por qué se puede dar este fenómeno es una ética que podríamos llamar de “grupo mafioso”. Con independencia de los malos propósitos de una organización criminal, a sus miembros se les exige un comportamiento ético al interior del grupo. Al jefe no se le puede mentir, ni robar. Se espera disposición excepcional de sacrificio de todos. Sin embargo, ese mismo comportamiento no es el pedido ni recomendado al exterior del grupo. Afuera se debe violar todo comportamiento ético, en bienestar del grupo.

En los deportes y en la economía de mercado, se espera de todos los miembros una ética superior a la ética de grupo y que sobrepongan los intereses particulares del grupo en beneficio de un bien común. No se puede competir en ningún deporte si se debe estar pendiente de si nos envenenaron el agua o del contrario que está dispuesto a “sacrificarse” para lesionar seriamente a nuestro jugador estrella. Un deporte que se convierta en esto, deja de ser interesante para volverse salvaje.

Y lo mismo sucede con los competidores. Todos sabemos que la competencia será dura allá afuera y está atenta a servir a nuestro cliente mejor de lo que lo hacemos nosotros. Pero participamos, convencidos de que hay unas reglas claras y un soporte ético que les impide hacer “ciertas maniobras” como difamar, alterar nuestros productos o sabotear nuestros sistemas de transporte.

El peligro está cuando la presión por los resultados es muy alta y la cohesión del grupo parece dar licencia de corso.

Los equipos deportivos son también empresas  que ganan o pierden dinero de acuerdo con sus resultados deportivos. Si se gana un campeonato con algo de trampa o una irregularidad que no haya sido detectada por el árbitro, ¿está bien? No importa que todos lo sepan, ¿lo deben celebrar los hinchas y los accionistas?

Si los jueces no lo detectan, ¿todo está permitido? Si perdemos el sustento moral sobre el que se apoya una honesta competencia, perderemos mucho de lo que hemos logrado, en los mercados y en los deportes.

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