Escuchar, percibir y más allá…

08/04/2026

Gustavo Mas
PADE de INALDE

Desde el acto involuntario de oír, una capacidad que está encendida todo el tiempo, a la acción de escuchar, que supone activar voluntariamente la atención a lo que está siendo dicho, hay una distancia importante. A su vez, abrirse a recibir el estímulo a todos los sentidos en una conversación, es un paso que amplía el entendimiento. Finalmente, si nuestro hablar incluyera la indagación por comprensión, la verificación del entendimiento y la constatación de emociones del otro, estaríamos cerrando un ciclo complejo pero poderoso alrededor de una cuestión fundamental para las personas que es la comunicación. Habilitaríamos un más allá… ¿Cuántas veces solemos justificarnos diciendo que lo que sucedió fue un problema de comunicación, que no logramos entendernos y que esto fue causa de la ruptura de una relación personal o comercial? Aunque sea algo que sucede a menudo, y de esta forma esté naturalizado, tal vez podamos prestarle un poco más de atención al fenómeno y sus implicaciones. La propuesta de esta entrega de la serie Distinciones es reflexionar sobre las características y el alcance de una acción que creemos estar haciendo todo el tiempo pero que, muchas veces, nos deja frustrados, con la sensación de no haber podido alcanzar la magia de la comprensión y de los acuerdos.

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Escucha activa

Siempre estamos oyendo. Los sonidos nos invaden sin filtros. Prestar atención es otra cosa. Disponerse a escuchar, es algo distinto. Es como abrir la cabeza, activar el entendimiento. Al tiempo que voluntariamente entramos en ese espacio, se accionan en nuestro cuerpo referencias, experiencias y aprendizajes propios. Recuerdos de situaciones vividas que estimulan emociones. En ese momento, comenzamos a alejarnos de la situación y las interpretaciones de lo que estamos escuchando empiezan a mezclarse con lo personal. Inclusive, podemos comenzar a sentir el deseo irrefrenable de hablar, de dar nuestra opinión, de decir lo que pensamos, de dar consejos. Es en ese punto que, probablemente, dejamos de escuchar al otro y la comunicación comienza a pervertirse. No es que quiera restar importancia al diálogo o al intercambio, el cual podría ser valioso y constructivo. Inclusive, si la conversación fuera de creación, una tormenta de ideas o que persiga como objetivo dar vida a algo nuevo, cierto desorden sería la tónica adecuada. Pero cuando de escuchar se trata, cuando el genuino interés en el otro o en la cuestión está por delante, tener consciencia de los mecanismos de la escucha activa es esencial.

Aun admitiendo que la escucha algo que sucede en cada uno, un cierto desprendimiento de uno mismo, en el sentido de disponerse con apertura, tranquilidad y foco en el otro, es el primer paso necesario. Discernir los motivos por los cuales la otra persona nos está hablando es lo que sigue. Hasta resulta clave la interacción, pero no desde el propio yo, sino desde el discernimiento de las inquietudes, la indagación de los motivos y la búsqueda de confirmación de lo que se está comprendiendo. Esto es lo que caracteriza la actividad en la escucha. La pura pasividad no es de pronto el mejor indicador de un buen escuchar. Todo esto sin restarle mérito al silencio, que también abre espacios en las pláticas y, desplegado en momentos trascendentales, es muy poderoso. La realidad tiene el carácter de ser parcial, de mostrarse desde la perspectiva de quien la observa. En ese sentido, el escuchar activamente, además de ser el abono de una conversación fértil, nos abre nuevas perspectivas, antes inimaginadas.

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Percibir con todos los sentidos

Suele decirse que la vista es el más importante de los sentidos, el más desarrollado. Desde la consideración del ambiente, se afirma que vivimos en un “mundo visual”, en el cual se prioriza la transmisión de informaciones por esta vía. Si el planteo es desde lo personal, la justificación pasa por la cantidad y calidad de informaciones que recibimos a través de este sentido. Sin embargo, la audición y el tacto no se quedan muy atrás y, a través de ellos, tenemos la capacidad de interactuar con el medio que nos rodea con otra calidad. El olfato y el gusto, por último, son complementos esenciales a la hora de percibir una realidad exuberante y diversa que se nos presenta a diario. Un mirar activo en una conversación es fuente de gran riqueza. Por ejemplo, observar lo que transmiten los ojos, apreciar las miradas que pueden perderse en el horizonte o encontrarse en el diálogo, transmitir la luz de la alegría o la opacidad de la tristeza y la desesperanza, son insumos fundamentales para potenciar la escucha. La vista también nos regala la posibilidad de captar el lenguaje del cuerpo. Gestos y posturas transmiten sin filtro pensamientos y emociones que son, en sí mismos, mensajes contundentes para una comunicación con un rango ampliado. Los otros sentidos, a su vez, pueden aportar informaciones trascendentales.

La recomendación más simple para ubicarte en un espacio multisensorial a la hora de entablar una conversación en la búsqueda de una escucha enriquecida es la propia disposición, esto es abrirse a establecer con la otra persona una conexión expandida. Además, temas circunstanciales podría resultan vitales. El lugar y el momento aportan a la calidad de la charla. La duración también. La proximidad física o la distancia asimismo

son cruciales. Cuanto más difícil sea la conversación o más esté en juego, mayor será el peso de estos elementos.

¿Qué decir con relación a los contactos virtuales, cada vez más frecuentes tanto en el ámbito profesional como personal? Personalmente, valoro mucho las posibilidades que nos dan estas herramientas que se han popularizado en los últimos años. Soy consciente de las limitaciones, pero aprecio su potencialidad. Poder conversar casi en cualquier momento, con personas que están en cualquier lugar, poder atender urgencias o estar presente para una colaboración requerida, nos ofrece un valor inédito que elijo aprovechar y disfrutar.

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El más allá

El más allá hace referencia a lo que está fuera de uno mismo. Lo que habita en el otro, en su espacio, en su propia escucha y en sus percepciones. A diferencia del concepto de la empatía, de ponerse en el lugar del otro, lo que completa la noción de escucha plena es el hecho de vincularse con la escucha del otro. El ser escuchado es, principalmente, una incumbencia propia. Es colocar todo lo que hemos venido conversando, pero del otro lado. Es promover una escucha más allá de las palabras, con todos los sentidos, creando la oportunidad y buscando el sitio adecuado. Es afirmar, pero dejando espacio para la indagación por la comprensión y el entendimiento de lo que se verbaliza. Es captar las inquietudes y motivaciones del otro para facilitar que reciba lo que se está transmitiendo. Es construir un más allá de uno mismo.

El más allá también invita a considerar el espacio de las emociones. En cualquier dimensión de desarrollo interpersonal, las emociones influyen de manera determinante. Las propias y las de la otra persona. La emocionalidad, inclusive, puede condicionar dramáticamente la conversación, hasta hacerla inviable, insostenible. Preguntarte de antemano sobre tus emociones, las de la otra persona o sobre el carácter emocional del tema a tratar es fundamental. A su vez, podrías ensayar los posibles escenarios emocionales de la charla y prepararte o planificar el acontecimiento desde lo anímico. Observa en el otro su estado de ánimo, su balance emocional más habitual e incorpora este matiz a tu disposición y lenguaje. Reserva un espacio al inicio para relevar cómo se llega, desde lo sensitivo, al encuentro. Serán unos minutos de una relevancia crucial.

Conversaciones poderosas

Conversamos efectivamente cuando logramos entendernos. Caso contrario, es simplemente una colocación de puntos, unos sobre otros, como cartas de un mazo que se van lanzando sobre la mesa, desordenadamente. El poder de las conversaciones está en el entendimiento y es en ese propósito central que la escucha tiene su primordial contribución y adquiere su principal valor. Cuando se alcanza el entendimiento hay satisfacción, celebración y conformidad. De quien transmite y de quien recibe, por lo pasado que generó vinculación, por el presente que expresa acuerdos y por el futuro que habilita posibilidades. La duración pasa casi desapercibida. Otro síntoma positivo es el fluir de las palabras, que se da con facilidad, sin trabas. Las personas se elevan. Se pierde un poco la noción del espacio y del momento. Es como un tránsito hacia el más allá que expresamos más arriba.

Frente a cualquier situación, siempre hay un diálogo que vale la pena tener. En cierta forma, cabe pensar ¿Qué podríamos perder conversando? Si se hace con respeto, con plena consideración del otro, manifestando los propios puntos de vista, pero prestando atención a la escucha propia y del interlocutor, existen buenas chances de alcanzar resultados positivos. Y si estos no se materializan, por lo menos habrás hecho un intento genuino que no pasará desapercibido. Tal vez no se note en ese instante, pero dejarás una marca cuyo registro, el futuro o nuevas circunstancias podrían poner en valor. Puedes hacer el ejercicio de buscar en tu memoria conversaciones difíciles; conversaciones provechosas, desde el punto de vista de lo que estaba en juego; intercambios arriesgados e incómodos; notificaciones de éxitos o transmisión de malas nuevas. Navega imaginariamente en esos mares e identifica el valor y los riesgos de conversar, de compartir con otros, de crecer junto a otros. Pondera aprendizajes y ubícate en el ámbito de la sabiduría que dan las experiencias y los avatares. De este ejercicio de reflexión toma lo más valioso y hazlo parte de ti.

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Caminar bajo la lluvia

Si pudiéramos tomar la analogía de que conversar es como caminar junto a otra persona, escuchar, percibir con todos los sentidos y comprometerse con el mensaje que el otro recibe, sería como transitar debajo de la lluvia. ¿Consigues imaginar esta situación? Las conversaciones, como el ritmo de los pasos, conllevan movimientos acompasados para mantenerse a la par. Incluyen miradas y los sentidos activados en toda su expresión. A su vez, se plasma la sensación de un ambiente que va mojando y, al tiempo, cambiando lo

que sentimos. La humedad nos transforma, como suelen hacerlo los temas, más o menos profundos que abordamos con otros. Con la ambición renovada de alcanzar el entendimiento, comprender y ser comprendidos, pasamos a habitar un nuevo espacio y, de esta forma, a construir realidades diferentes, potenciando las propias capacidades y las de los demás, a través de una acción que está siempre disponible y que podría resultar transformadora.

¿Qué son las distinciones?

Distinguir es reconocer las diferencias que existen entre las cosas y los pensamientos. Es un acto, es una acción de percibir algo como particular y tratarlo, a partir de esa noción, como diferente. Es una postura que tiene que ver con descubrir, con iluminar, con llegar al fondo de una cuestión. Una profundización que habilita y un hallazgo que impulsa. Las distinciones marcan un punto de inflexión desde que las identificas. Desde ese momento y para siempre.

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