Correr o no correr riesgos, he allí la cuestión

Correr o no correr riesgos, he allí la cuestión

29/04/2026

Carlos Francisco Restrepo Palacio
PDD 2013

Ximena se levantó aquella mañana sin sospechar que los frenos de su auto iban a fallar. Como no sabía de mecánica, había sido precavida: una semana antes había llevado su vehículo, casi nuevo, al concesionario de confianza para una revisión técnico-mecánica. Le aseguraron que todo estaba en orden y que podía viajar tranquila.

María y Jorge tampoco imaginaban que un carro —el de Ximena o cualquier otro— terminaría ese mismo día en medio de su sala, destruyendo muebles y un televisor recién comprado. Llevaban 20 años viviendo al lado de una curva de la autopista y jamás había ocurrido un accidente. La experiencia les enseñaba que algo así era casi imposible.

Afortunadamente, nadie salió gravemente herido. El informe de la aseguradora concluyó que la falla en los frenos se debió a un error de fabricación extremadamente poco común, aceptable incluso bajo estándares Six Sigma, imposible de detectar en una revisión tradicional. Por ello, Ximena recibió el reembolso total y obtuvo un auto nuevo.

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Pero el informe también dejó claro que la ubicación de la casa de María y Jorge constituía un riesgo alto: demasiado cerca de la autopista, justo en una curva y sin cumplir normas constructivas. Además, los documentos de propiedad no estaban totalmente en regla.

La historia permite empezar con una afirmación clave: percibir un riesgo no garantiza que este exista, así como no percibirlo no significa que no esté ahí. La gestión del riesgo, ampliamente aceptada hoy, se basa en anticiparse para evitar o mitigar los efectos negativos de eventos naturales o provocados. Implica identificar, conocer y planear acciones para disminuir su probabilidad, pero también prepararse para actuar si el riesgo se materializa.

Prevenir no es miedo; es valorar lo que queremos proteger. Aun así, incluso siendo prudentes, siempre habrá incertidumbre. Ximena hizo lo correcto, pero el peligro llegó igual.

Sin embargo, solo podemos gestionar los riesgos que somos capaces de identificar. En eso, María y Jorge se parecen —en escala distinta— al capitán del Titanic, Edward John Smith, quien afirmaba no imaginar una condición por la cual un barco moderno pudiera hundirse. La historia mostró lo equivocados que estaban él y la compañía que decidió llevar pocos botes salvavidas para ahorrar costos.

Ahora bien, aunque podamos identificar un riesgo, no actuamos frente a todos ellos. Convivimos con algunos porque los consideramos aceptables, por diversas razones: Estadísticas: la probabilidad parece tan baja que no vale la pena hacer algo; Valorativas: creemos que sus consecuencias serían mínimas; Económicas: mitigarlos es costoso o incluso imposible; Personales: peso emocional, apego o prioridades subjetivas.

Esto último fue evidente cuando, tras conocer los resultados del informe, alguien preguntó a María y Jorge si considerarían mudarse. La respuesta fue contundente:

“Aquí hemos sido inmensamente felices, hemos construido nuestro pedacito de cielo, y es donde tenemos una vista como ninguna ¿por qué habríamos de mudarnos? Si es que la posibilidad de morir es parte de vivir. Los muros se pueden reconstruir, pero una vista como ésta, y la felicidad son difíciles de encontrar.”

Hay sabiduría en esto, porque el riesgo —o al menos la incertidumbre— es inherente a vivir. Pero vale la pena distinguir: la incertidumbre no se elimina, el riesgo sí puede gestionarse.

Quienes practican deportes extremos lo comprenden bien: entrenan, preparan el cuerpo, revisan equipo, estudian cada movimiento y vigilan las condiciones. Reducen todo riesgo que pueda controlarse, aunque saben que nunca lograrán eliminar la incertidumbre. Riesgoso sería lanzarse sin preparación, sin técnica y sin medidas de seguridad.

Lo mismo ocurre con inversionistas y corredores de bolsa: toman decisiones en escenarios inciertos, aceptando la posibilidad de perder y, sin embargo, gestionan activamente los riesgos. Incluso los que manejan capital de riesgo investigan a fondo el negocio antes de invertir. Lo temerario sería entrar sin estudiar aspectos legales, financieros, humanos o de mercado.

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Los emprendedores también viven con incertidumbre. Su aparente seguridad surge de preparación, trabajo duro, exploración de múltiples opciones y planeación cuidadosa. Para ellos, la planeación no predice el futuro: los prepara para enfrentarlo. Riesgoso sería perseguir un sueño sin esfuerzo ni preparación.

En todos estos casos, hay un patrón: Se apuesta a ganar, pero se está dispuesto a perder, porque se entiende que la incertidumbre es parte del camino. Cuando fallan, aprenden y vuelven a intentarlo. La incertidumbre los mantiene atentos, alerta, conscientes de que no todo puede anticiparse.

Toda decisión que tomamos incluye un componente de incertidumbre: desconocemos lo que puede ocurrir, lo que aún no vemos, lo que está pasando detrás de la escena. Por eso surgen eventos que pueden cambiar radicalmente lo que habíamos planeado.

Si solo podemos gestionar los riesgos que identificamos, y la incertidumbre es precisamente desconocimiento, entonces al actuar pese a la incertidumbre abrimos la puerta a riesgos no identificados. Sin duda en la incertidumbre habita el riesgo.

Pero también hay que entender que sin asumir ciertos riesgos se pierde parte de lo que es vivir Nadie conquista una gran vida, nadie transforma su destino desde la zona de confort. Esta zona es cómoda, pero es también un espacio donde se desperdician creatividad, energía y potencial. Como dijeron María y Jorge, “morir es parte de vivir”. La pregunta es si elegimos morir viviendo —arriesgándonos a crear, explorar, evolucionar— o vivir muriendo, renunciando a lo que es posible por temor a lo que aún no conocemos.

Naturalmente, no todos los riesgos deben correrse. Por eso la gestión del riesgo es tan valiosa: permite distinguir entre riesgos razonables y riesgos imprudentes; entre actuar con valentía y actuar a ciegas.

Aun así, el péndulo no debe ir al extremo contrario. La prevención llevada al exceso puede convertirse en freno, en una barrera que impide avanzar, explorar o materializar sueños. Se requiere un equilibrio sano entre prudencia y determinación.

Para crecer necesitamos ese balance: gestionar lo gestionable, aceptar lo inevitable, y avanzar con valentía dentro del margen de la incertidumbre. El optimismo no basta para prevenir riesgos, pero es esencial para seguir avanzando a pesar de ellos, pues perseguir cualquier sueño implica aceptar que siempre habrá algo que no controlamos totalmente.

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