Fábulas corporativas: El lobo y la oveja

08/10/2026

Gina Acosta Naranjo
Executive MBA de INALDE

“Un crujido en la hierba congeló al rebaño. Del espeso follaje emergieron dos ojos amarillos fijando a su presa con una calma aterradora. La oveja, paralizada, bajó la cabeza esperando el golpe.”

Hay una fábula no escrita que se repite a diario en el mundo corporativo: la del lobo y la oveja. Aprendemos que frente al miedo —encarnado en el jefe autoritario, el sesgo manifiesto o el poder arbitrario— la regla suele ser la docilidad, la complacencia y la sumisión; todo con tal de mantener nuestro lugar en el rebaño.

Si bien gran parte de la madurez profesional —y personal— se evidencia cuando sabemos elegir nuestras batallas, hay batallas que nos eligen a nosotros. Nos acechan, poniendo a prueba nuestra fuerza interior para ver qué tanto aguantamos antes de saltar la cerca y huir.

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Yo también estuve ahí. Hace muchos años tuve un jefe del que recuerdo frases icónicas como «las mujeres y los números no van» o «negro ni el teléfono». Era de esos maestros que llegan a tu vida para enseñarte en lo que no te debes convertir.

Era muy joven y estaba empezando mi carrera en el mundo corporativo. Sentía que debía pagar el precio de estar en una multinacional de gran nombre, pues ingresé como temporal y estaba decidida a hacer lo necesario para ganarme mi lugar.

Fiel a ello, decía sí a cualquier encomienda laboral, por más que desbordara mi descripción de funciones, todo con tal de demostrar mi valor. De a poco fui ganando el respeto de mis compañeros y clientes internos hasta que logré el tan anhelado contrato directo con la compañía. Sin embargo, el sabor era agridulce: a pesar de ser oficialmente parte de la empresa y contar con mejores condiciones, algo no había cambiado y me seguía sintiendo como una frágil oveja. Un maltrato silencioso, opacaba mi éxtasis por encaminar mi sueño corporativo.

Pero un día todo cambió.

Eran pasadas las 10:30 a. m. en la oficina y estaba esperando que llegara el equipo de una de las agencias de publicidad para reunirnos con el director nacional de ventas, con quien discutiríamos una campaña de comunicación para la fuerza comercial. La reunión estaba confirmada para las 11:00 a. m.

Acelerado, mi jefe se acercó a mi puesto de trabajo ordenándome entrar a su oficina para atender una reunión con un proveedor externo de licencias de marca.

Aun cuando le recordé la reunión que yo había convocado y que estaba por comenzar, me dijo tajantemente: «¡Te necesito ya en mi oficina!».

Asustada, asentí y entré. Pasados 20 minutos, la secretaria del área me hizo señas por el vidrio, confirmando que todos los invitados a la reunión que yo había convocado habían llegado.

—Mil disculpas, debo retirarme —dije con respeto a mi jefe y a la ejecutiva de licencias.

—No creo. ¡Coca-Cola mata tinto! —respondió él, usando el popular dicho para imponer su jerarquía, ¡muy a su estilo!

Lo miré a los ojos y le dije: —«Así es, usted aquí es la Coca-Cola y yo soy el tinto; pero hay una reunión a la que cité con antelación que me está esperando, donde yo soy la Coca-Cola». Pedí permiso, me di la vuelta y salí.

Con mucha ansiedad, recuerdo haber entrado a mi reunión presintiendo que sería mi último día allí. Me sentía liberada por haberme atrevido a mirar al lobo de frente, pero a la vez temerosa de haber puesto en la cuerda floja mi camino corporativo en una empresa donde siempre quise estar.

Contrario a todo pronóstico, mi jefe no me despidió. Al contrario, a partir de ese momento me empezó a mirar distinto, me trataba con más respeto y mi voz comenzó a ser más escuchada. Él no cambió, yo sí, y justo eso transformó la dinámica por completo. Entendí que mi propio miedo era lo que lo convertía en lobo y que mi postura pasiva perpetuaba la vulnerabilidad.

Ha pasado mucho tiempo y reconozco que, aunque no fue de la forma más ortodoxa, aprendí una gran lección: la confrontación es necesaria. En ella hay liberación y saber hacerla es fundamental para crecer en el mundo laboral.

En comunicaciones mucho se habla del arte de escuchar y de hablar, pero poco hablamos del arte de confrontar. Seamos honestos: la mayoría tratamos de esquivarlo. Lo que subestimamos es que la capacidad de confrontar es definitiva para el desarrollo profesional, evidencia el talante directivo y resulta crucial para construir una cultura sana y de alto rendimiento.

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Kim Scott, exejecutiva de Google y Apple, autora, conferencista y creadora del influyente marco de liderazgo 'Candor Radical' (‘Radical Candor'), sostiene que la comunicación directiva y profesional de alto nivel requiere un equilibrio entre preocuparse personalmente y desafiar directamente.

Evitar la confrontación por temor a la incomodidad o por mantener una armonía superficial conduce a lo que Scott denomina «Empatía Ruinosa». Cuando no se desafían las conductas perjudiciales o las decisiones arbitrarias, se termina sacrificando el desempeño, la cultura de equipo y la propia integridad profesional.

Sin embargo, no todos los entornos organizacionales promueven la seguridad psicológica, un concepto clave desarrollado por la investigadora Amy Edmondson y entendido como la creencia compartida de que el equipo es un espacio seguro para asumir riesgos interpersonales. Cuando esta falta —bajo liderazgos autoritarios, exceso de control o conductas coercitivas—, las personas activan mecanismos de autoprotección: silencio, complacencia y sumisión.

Como líderes, vale la pena preguntarnos si ejercemos ese liderazgo como el verdadero buen pastor: no aquel que busca ovejas dóciles y silenciosas a cambio de una paz ingenua, sino el que guía protegiendo la autenticidad y dando espacio a la voz crítica- siempre respetuosa.

El día que miré al lobo de frente descubrí que el valor para enfrentar el miedo no surge de la ausencia de temor, sino de la determinación de defender nuestra dignidad y propósito. Al final, la cerca nunca estuvo ahí para protegernos del lobo, sino para hacernos elegir de qué lado de la historia elegimos pararnos. ¿De qué lado eliges estar tú?

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