Yo también estuve ahí. Hace muchos años tuve un jefe del que recuerdo frases icónicas como «las mujeres y los números no van» o «negro ni el teléfono». Era de esos maestros que llegan a tu vida para enseñarte en lo que no te debes convertir.
Era muy joven y estaba empezando mi carrera en el mundo corporativo. Sentía que debía pagar el precio de estar en una multinacional de gran nombre, pues ingresé como temporal y estaba decidida a hacer lo necesario para ganarme mi lugar.
Fiel a ello, decía sí a cualquier encomienda laboral, por más que desbordara mi descripción de funciones, todo con tal de demostrar mi valor. De a poco fui ganando el respeto de mis compañeros y clientes internos hasta que logré el tan anhelado contrato directo con la compañía. Sin embargo, el sabor era agridulce: a pesar de ser oficialmente parte de la empresa y contar con mejores condiciones, algo no había cambiado y me seguía sintiendo como una frágil oveja. Un maltrato silencioso, opacaba mi éxtasis por encaminar mi sueño corporativo.
Pero un día todo cambió.
Eran pasadas las 10:30 a. m. en la oficina y estaba esperando que llegara el equipo de una de las agencias de publicidad para reunirnos con el director nacional de ventas, con quien discutiríamos una campaña de comunicación para la fuerza comercial. La reunión estaba confirmada para las 11:00 a. m.
Acelerado, mi jefe se acercó a mi puesto de trabajo ordenándome entrar a su oficina para atender una reunión con un proveedor externo de licencias de marca.
Aun cuando le recordé la reunión que yo había convocado y que estaba por comenzar, me dijo tajantemente: «¡Te necesito ya en mi oficina!».
Asustada, asentí y entré. Pasados 20 minutos, la secretaria del área me hizo señas por el vidrio, confirmando que todos los invitados a la reunión que yo había convocado habían llegado.
—Mil disculpas, debo retirarme —dije con respeto a mi jefe y a la ejecutiva de licencias.
—No creo. ¡Coca-Cola mata tinto! —respondió él, usando el popular dicho para imponer su jerarquía, ¡muy a su estilo!