Juan David Martínez
Executive MBA de INALDE
Debo confesar que me parece una absoluta maravilla que las aerolíneas cobren por la conexión a WiFi. Es la barrera perfecta para mantener ese reino cada vez más esquivo en tierra en el cual no hay notificaciones. Revisar el celular resulta inútil y nos vemos obligados a dirigir nuestra atención a otras cosas. No se me ocurren muchas situaciones adicionales en las que uno esté en una pausa y la salida de emergencia no esté vibrando dentro del bolsillo, lista para desconectarnos de la realidad y difuminar el paso del tiempo. En el avión no hay escapatoria. A mí me gusta, pero soy consciente de que es uno de esos gustos adquiridos con los años, como el café sin azúcar o madrugar un fin de semana, contrarios al impulso inicial pero que se aprenden a disfrutar.
El avión también es una excusa válida para estar fuera de línea, sin que se generen preocupaciones o afanes innecesarios. Porque además de la incapacidad para soportar las pausas, desarrollamos una compulsión por tener que estar siempre disponibles para responder inmediatamente. Sentimos la obligación de contestar inmediatamente una llamada o un mensaje, esperando lo mismo de los demás. Ante la demora, surgen preocupaciones y tensiones de las que somos víctimas y victimarios. Hay una particularidad en las dinámicas del mundo actual y es que somos presos y carceleros de los efectos de estar conectados todo el tiempo. Hemos perdido la capacidad de habitar las pausas y de no estar al servicio de la inmediatez.
