Más que mutantes somos transformes

27/10/2026

Carlos Francisco Restrepo
PDD de INALDE

La reciente irrupción de la Inteligencia artificial y su rápida adopción por miles de organizaciones y millones de personas es solo una muestra de cómo el cambio es una constante en el mundo, al menos lo ha sido en mi tiempo de vida.

Para los de la vieja guardia, como yo, es un poco intimidante, por que cambia a una velocidad vertiginosa. Sucede sin pedir permiso, sin pensar en mí, y muy a pesar mío, sea que me dé cuenta o no, y me arrastra, sea que vaya a su ritmo o no, sea que me resista o no.

Pero no solo el mundo cambia. Si lo veo en perspectiva, yo también he cambiado.

Recuerdo que, de joven, aun estando en el colegio, peleé con las humanidades, así que, consecuentemente, decidí estudiar ingeniería.  Muy a pesar mío, el pensum de la carrera exigía tomar dos cursos de filosofía como prerrequisito para el grado. En uno de esos cursos se nos pidió hacer un trabajo sobre un libro llamado “Calila y Dimna”, un libro que recopila narraciones hindúes de más de 2500 años de antigüedad.  Debo decir que desde mi perspectiva de ese entonces fue la peor lectura de mi vida, me quedé dormido tras la tercera hoja, y llegar a la 20 me tomó más de 3 días.

Años después, cuando me desempeñaba en un cargo directivo en una gran empresa de servicios públicos, fui invitado junto con mis compañeros de dirección a asistir a un seminario sobre liderazgo dirigido por un profesor de una importante universidad en Canadá; en algún momento de su exposición el hombre hizo la siguiente afirmación “El Calila y Dimna, es el mejor libro sobre management que he leído en la vida”.

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Quedé anonadado. “Este tipo debe estar en las drogas,” –pensé - “tiene que haber un error o tratarse de otro libro, es imposible que estemos hablando del mismo libro, máxime porque cuando se escribió ni siquiera existía el concepto del management”.

Al salir del seminario, guiado por una curiosidad casi morbosa, fui directo a la casa de mis padres, a buscar en la biblioteca mi vieja edición del Calila y Dimna. Luego de unas pocas hojas ya estaba convencido de que sí era un libro de Management, me tomo tres días terminarlo, y durante el siguiente año lo releí dos veces más. Hoy es un referente al que regreso periódicamente.

¿Qué pasó? Yo ya no era la misma persona que tuvo que leerlo para su clase de filosofía, era otro. Cambié.

Al parecer, el cambio es parte de nuestra naturaleza humana, y por eso un libro puede ser percibido como distinto por una misma persona en diferentes momentos de su vida, pasando de ser el peor a ser el mejor, o viceversa. ¿Cómo sucede ese cambio?

Me parece que los cambios más evidentes siempre son los físicos, el paso del tiempo afecta nuestra apariencia, disminuye nuestra energía y afecta nuestro estado físico, para bien o para mal. Claramente mi cambio frente al Calila y Dimna no se dio en una dimensión física.

¿Entonces? De seguro hubo cambios a nivel intelectual, un desarrollo que se construyó mediante procesos de aprendizaje de diversa índole. Probablemente hubo cambios a nivel emocional, relacionados principalmente con la experiencia y madurez.  Y a lo mejor también hubo algunos cambios más profundos en las dimensiones actitudinal y espiritual, que me llevaron a un mayor nivel de consciencia, algunos buscados voluntariamente, a través de ejercicios de introspección y exploración interna y de mucha disciplina, o involuntariamente a partir de experiencias de vida trascendentales o por la por la ayuda de algún agente catalizador.

Para aclarar mejor este último punto, comparto la siguiente historia:

Hace mucho tiempo, en la India, dos familias de igual casta decidieron que dos de sus hijos se casarían, por lo que, como dicta la tradición, mantuvieron a los chicos aislados el uno del otro, sin contacto alguno hasta que cumplieron la edad indicada.  

Unos pocos meses después del matrimonio, en un desafortunado accidente, el padre del novio murió. Siendo único hijo, el muchacho se convirtió en cabeza de su familia y, como resulta natural, invitó a su madre a vivir con en su casa. Es así que, apenas unos meses después de conocer a su esposa, lleva a su madre a convivir con ella. 

Suegra y esposa no congeniaron, y su relación comenzó a deteriorarse, a hacerse cada vez más tensa, pasando de un rechazo controlado a una abierta confrontación, que llegó a tales extremos, que la joven esposa comprendió que debería tomar una medida drástica o su matrimonio se acabaría. Decidida, fue a visitar a un derviche, alguien conocido de su propia familia a quien tenía confianza y de quien sabía que jamás revelaría lo que le iba a pedir. Luego de contarle sus preocupaciones le dijo: “No encuentro otra salida diferente a que mi suegra muera, de lo contrario mi matrimonio es el que morirá. Por favor ayúdeme”

El derviche, luego de validar las intenciones de la muchacha, le presentó una solución: “Toma este frasco, contiene un antiguo y poderoso veneno. Mantenlo escondido, nadie debe verlo. Cada noche, en la cena, agregarás al plato de tu suegra una pizca de su contenido. Al cabo de 5 meses tu suegra caerá enferma, y en muy pocos días morirá. Parecerá algo natural, nada en ella hará pensar que fue envenenada.  Pero recuerda, una vez inicies no habrá marcha atrás.  ¿Estás segura?” – sí, respondió la muchacha –. “Entonces hay algo más que debes hacer: a partir de mañana tratarás a tu suegra igual que lo harías con tu madre, serás sumisa y cariñosa, lavarás con cuidado su ropa y la perfumarás, la doblarás y guardarás como a ella le gusta, le servirás la comida a ella primero y atenderás sus necesidades antes que las tuyas, responderás con cariño a sus solicitudes y callarás cuando ella esté disgustada.  Así, cuando llegue el tiempo de la enfermedad, todos creerán que tú amas a tu suegra, y cuando muera, contendrás tu alegría y llorarás con dolor, de esa manera, ni siquiera tu marido podrá sospechar, de esa manera habrás logrado tu cometido. Anda, ve y has como te he indicado”.

Y la muchacha siguió las instrucciones al pie de la letra…

Al cabo de 4 meses, la muchacha volvió donde el derviche, lloraba angustiosamente. “¿Qué pasa muchacha?”, preguntó el viejo, “¿acaso algo le ha pasado a tu marido?”

“Ayúdeme derviche”, replicó la muchacha, “deme por favor el antídoto del veneno”.

 ¿Por qué?, replicó el hombre.

“Ya no deseo que mi suegra muera. Ella ha cambiado y ahora me trata como a su hija, me cuida, me consiente y me aconseja. Me ayuda con las labores de la casa y me da regalos. Ya no se interpone entre mi marido y yo, y por el contrario, de forma respetuosa, nos da el espacio que como pareja necesitamos.  Llevo más de un mes sin darle el veneno, pero temo que ya el daño esté hecho”

El derviche, se quedó mirándola por un momento y luego rio. “No te preocupes”, - dijo- “lo que te di no era veneno, sino un tónico para fortalecer el corazón” Y luego agregó. “Claramente produjo su efecto por que quien cambió no fue tu suegra sino tú”.

La muchacha en la historia tuvo un propósito: acabar con el enemigo. Este propósito se hizo tan valioso para ella, adquirió tal poder que, guiada por el consejo del derviche modificó radicalmente su actitud y su comportamiento, realizando las acciones que creyó le llevarían a lograr su cometido, aunque sin ser muy consciente de lo que en realidad estaba pasando. El cambio en su conducta generó a su vez un efecto positivo inesperado, pues la suegra, al percibir un ambiente diferente, de amor y respeto, también cambió, y ese cambio a su vez, alteró la percepción que la muchacha tenía hacia ella, lo cual trajo consigo un nuevo ideal y generó en la joven una nueva actitud.  El papel del derviche fue el de obrar como catalizador para este cambio. Lo paradójico es que el propósito inicial de la muchacha se cumplió, pues si logró acabar con su enemigo, convirtiéndolo en su amigo.

En ocasiones necesitamos un cambio, lo buscamos, pero a veces nos equivocamos al creer que el problema no está en nosotros, y en consecuencia esperamos con vehemencia que nuestras circunstancias cambien o que otras personas a nuestro alrededor cambien. Debido a esa confusión, condicionamos nuestro actuar y nuestra actitud a que dichos factores externos cambien, con lo cual cerramos la posibilidad de cualquier evolución.

El verdadero cambio es una puerta que solo puede abrirse desde adentro, y es precisamente por ello por lo que exige un esfuerzo personal; También es por eso mismo por lo que, cuando se trata de ayudar a que otros cambien, lo único que uno puede llegar a ser es un catalizador, como el derviche.

Dado que el cambio forma parte de nuestra naturaleza, pienso que una conclusión natural es que más que “Mutantes” somos “Transformers”, pues no necesitamos de varias generaciones para ser mejores.

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