Correr o no correr riesgos, he allí la cuestión

El poder de las ideas: Valor y riesgo

26/06/2026

Carlos Francisco Restrepo
PDD de INALDE

Una semilla fue llevada por un cuervo a lo alto de un elevado campanario y, al caer en una grieta, logró escapar a su pavoroso destino.

Rogó entonces a la estructura que la protegiera, apelando a ella por la gracia de Dios y alabando la altura, la belleza y el noble tono de sus campanas.

Y continuó: Como no pude caer bajo las verdes ramas de mi antiguo padre, ni en la tierra en barbecho cubierta por sus hojas, al menos tú no me abandones. Cuando me vi en el pico del cuervo cruel, juré que, si escapaba, terminaría mi vida en un pequeño agujero.

Ante estas palabras, el campanario, movido por la compasión, ofreció gustoso refugio a la semilla en el sitio donde había caído.

La semilla germinó poco después, y sus raíces se extendieron entre las grietas de las piedras, empezando a abrirlas. Sus renuevos se elevaron hacia el cielo y pronto crecieron por encima del edificio. Mientras tanto, las retorcidas raíces, al engrosar, comenzaban a separar las paredes y a sacar las piedras vetustas de sus antiguos lugares.

Entonces el campanario, demasiado tarde y en vano, lamentó la causa de su destrucción y, en poco tiempo, cayó en ruinas.

En mi parecer, esta fábula, cuyo autor desconozco, hace referencia al poder de las ideas.  Para entender la metáfora invito a imaginar la semilla como una idea y al campanario como una persona; uno mismo si se está dispuesto.

Mi interpretación del texto conlleva que, una vez acogida, una idea germina en nuestro interior; si el ambiente es propicio echará raíces y crecerá; si es suficientemente poderosa se abrirá camino, llegando eventualmente a destruir las bases de aquello que sustenta nuestra manera de ver e interpretar el mundo y de aquello con lo que guiamos nuestra vida, abriendo espacio para algo más.

Y no se trata solo de una influencia pasajera, sino una fuerza con la capacidad de reconfigurar nuestras creencias más profundas, nuestras decisiones y comportamientos.  Y además de transformar, también serán filtro, seleccionando lo que vemos y lo que ignoramos.

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En tanto las ideas son representaciones mentales, pensamientos o imágenes que surgen del razonamiento, la imaginación o la experiencia, podemos afirmar que son constructos humanos. Por tanto, son un reflejo de lo que somos, individual y colectivamente, así como de nuestras emociones, capacidades y potencial, para bien o para mal.

¿Parece un poco exagerado? Quizás. No obstante, invitaría a revisar la siguiente cita, del filósofo e historiador británico R. G. Collingwood, con la que cierra la película Nuremberg (2026):

“La única pista de lo que el hombre puede hacer es lo que el hombre ha hecho".

Dicho de otra manera, el pasado no es solo memoria, sino evidencia de lo que somos capaces de hacer. Por consiguiente, tal como se retrata en esta película y en muchas otras que analizan desde diferentes perspectivas lo ocurrido en Alemania bajo el dominio de la ideología nazi, puede concluirse que esta fue una fuerza de destrucción. A partir de ello surge una pregunta que muchos se han hecho desde entonces: ¿Cómo una sociedad entera pudo llegar a aceptar o participar, en distintos grados, en tales horrores?

Aunque puede haber múltiples explicaciones, también habría que reconocer que las ideas tienen el poder de motivar y movilizar acciones destructivas. Y si bien el caso de Alemania tiene características históricas particulares, no es único: la historia está repleta de ejemplos donde personas “normales”, guiadas por una ideología, o por el deseo de imponerla, subyugan a otros, o aceptan de buena gana que alguien más lo haga.

Frente a tan desolador panorama surge una pregunta de fondo: ¿dónde está realmente el problema? ¿En la idea en sí, o en la debilidad (o fortaleza) de quien la acoge?

Más que una disyuntiva, diría que se trata de una interacción. Si bien hay ideas más fáciles de entender, o con mayor capacidad de movilizar o capturar emocionalmente, también hay personas con mayor o menor capacidad de discernimiento. Es decir, no todas las ideas son inocuas, ni todas las interpretaciones pueden equipararse. Y habría que añadir que, una vez creadas, las ideas adquieren vida propia en lo social, por tanto, hay una relación bidireccional: No solo usamos ideas, también somos usados por ellas; como si tuvieran vida propia.

En consecuencia, no todas las ideas tienen la misma fuerza, ni son acogidas con el mismo fervor. Algunas pasan de largo, mientras otras se arraigan profundamente. Y no necesariamente triunfan las mejores, sino aquellas que logran resonar.

En el contexto actual, pareciera que encuentran mayor eco las ideas superficiales y aquellas que polarizan. ¿Será que buscamos lo fácil y placentero y al mismo tiempo nos sentimos atraídos por la confrontación? Al mismo tiempo, muchas ideas valiosas se quedan al margen, no necesariamente por su falta de valor, sino porque compiten en condiciones desiguales de visibilidad y atención.

Luego de este análisis, y retomando la metáfora del campanario, surge una duda: si el campanario hubiera leído el pasado como advertencia (como sugiere la afirmación de Collingwood), ¿habría acogido y abierto espacio a la semilla?

Para responder debo aclarar que, desde la visión de Collingwood, más que para predecir con certeza, el pasado ayuda a ampliar la comprensión de lo que podría pasar. Por ende, el campanario no tenía que rechazar la semilla por defecto, pero tampoco debió acogerla ingenuamente. Así que la cita referida es una invitación a ampliar la consciencia, porque la clave para el dilema del campanario está en comprender lo que una semilla es capaz de hacer. ¿Y para nosotros?, ¿desde nuestra vida y el rol que desempeñemos, en especial para quienes enseñamos a otros u ostentamos una posición de liderazgo?

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Diría que es vital entender que las ideas tienen poder, y aprender del pasado lo que estas son capaces de producir; ello nos permitirá discernir mejor y tomar mejores decisiones.

Ahora bien, respecto de la afirmación “comprender lo que una semilla es capaz de hacer” habría que preguntarse ¿estamos entendiendo bien lo que la semilla le hizo al campanario? ¿fue realmente destruido?, ¿su caída fue inútil o fue el surgimiento de algo más grande?, ¿dejó de existir o se transformó?

Sabemos que sus muros se fracturaron y cayeron, así que dejaron de ser lo que eran. Pero también podemos percatarnos que se convirtieron en soporte para una nueva vida.

En consecuencia, si bien hemos dicho que las ideas tienen poder para motivar la destrucción, también tenemos que concluir que tienen el potencial de crear. Y así como el pasado nos enseña que cosas terribles han pasado y podrían volver a pasar, también nos enseña que cosas maravillosas han pasado y que muchas más vendrán.

Esa lectura me resulta más atractiva, en especial desde la perspectiva del liderazgo, porque amplia la mirada, pasando de una visión de “riesgo–control” a una de “transformación–sentido”. No niega la necesidad de criterio; la amplía: no todo lo que rompe es destrucción, puede ser creación, transformación, tránsito. Fue necesario romper la piedra para que el David de Miguel Angel surgiera.

Esta reflexión me recuerda otra frase cuyo autor también desconozco: “Si a un huevo lo rompe una fuerza externa, se acaba la vida; si lo rompe una fuerza interna, comienza la vida”

Así que crecer en consciencia no consiste solo en prevenir lo que puede dañarnos, sino también en discernir cuándo un cambio abre posibilidades de nueva vida.

Como la semilla en el campanario, las ideas que acogemos pueden transformar profundamente aquello que las alberga: pueden darle vida o llevarlo a su ruina. Y si, como plantea Collingwood, la única pista de lo que el ser humano puede hacer está en lo que ya ha hecho, entonces el desafío para el liderazgo no es menor.

Sabemos que las ideas tienen la capacidad de transformar, pues influyen en los pensamientos, las emociones y acciones humanas. Es a través de ellas que una persona influye en otra. Y, sin embargo, no solo las creamos: también nos moldean. Las ideas no solo impulsan la acción; también determinan qué vemos, cómo interpretamos la realidad y qué dejamos por fuera. Son, en alguna medida, como un virus que se contagia y evoluciona.

Si bien, todos somos receptores permanentes de ideas, algunos son además generadores y unos pocos son, o serán, influyentes. Todos, en mayor o menor medida, participamos de ese proceso. Y, como sugiere Collingwood, el pasado muestra que las ideas han dado lugar a logros admirables y también a resultados devastadores; por tanto, es razonable prever que en el futuro ocurrirá lo mismo.

He allí un reto fundamental para el liderazgo: no solo hay que posicionar las mejores ideas y contener aquellas que destruyen, sino también fortalecer la capacidad de discernimiento de aquellos con quienes trabajamos. Porque, al final, no son solo las ideas las que construyen o destruyen el mundo, sino el nivel de conciencia con el que las interpretamos y las convertimos en acción.

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