El último latido

El último latido

23/06/2026

Gina Acosta Naranjo
Executive MBA de INALDE

Son las 6:32 a.m. Como todas las mañanas, salí a trotar.

El pasto aún húmedo y mi mente enfocada en no dañar la marca del día anterior, registra los pasos.

Mi mirada se pierde por momentos en los rostros familiares cotidianos:

El universitario corriendo hacia la estación del Transmilenio y la niña junto a su abuela esperando la ruta escolar en la esquina de siempre.

Parece ser una mañana como cualquier otra, pero no lo es.

Un dolor intenso me golpea el pecho; me cuesta respirar...

Pensar, sentir, discernir, errar, hacen parte de las aventuras privilegiadas de la especie humana. Nuestro cuerpo parece ser una máquina perfecta, y creemos que si tenemos los hábitos adecuados-comer bien, dormir 8 horas y ejercitarnos- está todo bajo control, pero la vida nos demuestra a diario que es mucho más lo que no controlamos que lo que sí.

Y es ahí, justo cuando algo falla, que nos damos cuenta que la fragilidad también hace parte de nuestra condición, y se activa nuestra máquina en modo existencial con preguntas como: ¿Qué es lo que realmente importa?, ¿A qué le dedico mi tiempo?, ¿Cuál es mi motivación?

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Solemos vivir en modo automático sin cuestionarnos por nuestro propósito, avanzando de un día a otro al ritmo de nuestros latidos, pero sin detenernos a preguntarnos qué les da sentido. De ahí que el cementerio esté lleno de personas que murieron sin siquiera buscarlo. Sin embargo, desde hace unas cuantas décadas, a medida que como sociedad hemos logrado cubrir nuestras necesidades más básicas, hemos empezado a despertar. Ya no basta con existir, ahora también es necesario darle sentido a nuestra existencia.

¿Qué es eso que amo hacer, en lo que soy muy bueno, con lo que puedo contribuir al mundo y por lo que además me podrían pagar? Encontrar la respuesta a ese qué es un camino recomendado para encontrar el tan anhelado propósito. Más vale hacer un alto, ojalá no forzado, para descubrirlo, pues lejos de ser un asunto meramente filosófico y existencialista, es un asunto biológico y de supervivencia. Después de todo, no es lo mismo vivir acumulando latidos que vivir sabiendo para qué late el corazón.

Según el Rush University Medical Center, las personas con un alto sentido de propósito tienen un 2.4 veces menor riesgo de desarrollar Alzheimer en comparación con aquellas que reportan un bajo propósito. Mientras que un análisis publicado en Psychosomatic Medicine demostró que tener un fuerte sentido de propósito en la vida reduce el riesgo de mortalidad por cualquier causa en un 17 % y disminuye drásticamente el riesgo de infartos.

Así es, el propósito está asociado con vivir más y mejor. Longevidad, reducir el riesgo de pérdida de memoria y evitar un paro cardiaco son algunos de los efectos de vivir con sentido; y hay algo más: cuando encontramos una razón profunda para vivir, cada latido deja de ser un simple mecanismo biológico para convertirse en un recordatorio de que nuestra vida tiene una dirección.

"Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo", sabiamente, el Dr. Viktor Frankl —neurólogo, psiquiatra y superviviente del Holocausto— reflejó desde su experiencia cómo la diferencia entre quienes sobrevivían en los campos de concentración y quienes se rendían no radicaba en la fuerza física, sino en tener un 'por qué' para seguir vivos.

Pues bien, así como las personas necesitamos de un propósito para sobrevivir, vivir más y mejor, las organizaciones también. Poder sortear la alta competencia, costos elevados de insumos y mano de obra, entre muchos factores adversos internos y externos, y aun así avanzar a contracorriente, pareciera requerir un motor interno que aún si no se cumplen los resultados logre mantener el negocio en pie.

Durante la última década, las empresas han comenzado a transitar de la simple misión y visión hacia la definición de un propósito auténtico. La pandemia de COVID-19 fue un acelerador definitivo. ¿La razón? Va más allá que simplemente altruismo o vacío existencial corporativo.

El aprendizaje ha sido claro: mientras que la misión y la visión —atadas a transacciones comerciales— suelen fracturarse durante una crisis, un propósito humano sirve como brújula para tomar decisiones difíciles y mantener a flote la cultura organizacional, a pesar de las tormentas.

Ese cambio de paradigma en gran parte ocurre porque el consumidor también se despertó. Ya no busca solo satisfacer una necesidad, busca coherencia entre lo que la empresa dice y hace. Lee la etiqueta, indaga sobre qué empresa está detrás de la marca y juzga el comportamiento de la empresa. Si conecta con lo que él valora, compra; es una decisión emocional, no racional. Como bien explica Simon Sinek en su 'Círculo Dorado', “las personas no compran lo que vendes, sino el porqué lo vendes”.

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Lo mismo ha ocurrido con el talento. Especialmente para las generaciones Millennials y Z, el propósito es un criterio esencial al elegir dónde trabajar. Buscan organizaciones que resuenen con sus valores y que les permitan dotar de sentido su día a día, más allá del salario. En otras palabras, buscan lugares donde su trabajo conecte con aquello que da significado a sus latidos cotidianos.

De manera consecuente, los inversionistas también han tomado nota. El capital global se ha volcado hacia fondos que evalúan criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG). Han comprendido que el propósito no es solo un valor agregado sino una estrategia para mitigar riesgos regulatorios y reputacionales, en pro de negocios más estables y rentables a largo plazo. Porque, al igual que ocurre con las personas, las organizaciones con propósito suelen desarrollar un latido más resiliente frente a la incertidumbre.

El caso de Best Buy es testimonio de cómo el propósito puede salvar a una compañía del abismo. Ante el 'showrooming' —ese fenómeno donde las tiendas físicas se convertían en vitrinas para las compras en Amazon—, el CEO Hubert Joly decidió no recurrir al camino fácil de los despidos masivos. Por el contrario, redefinió la esencia del negocio: dejó de competir solo por precio para empezar a 'enriquecer la vida de las personas a través de la tecnología'. Al priorizar la asesoría humana sobre la venta transaccional, capacitar a su gente y aliarse con gigantes del sector, la empresa no solo evitó la quiebra, sino que logró un histórico giro comercial que multiplicó el valor de sus acciones y demostró que la rentabilidad sostenible es, en esencia, la consecuencia directa de operar con sentido: con un propósito. Cuando una organización encuentra ese propósito, también encuentra el latido que alinea a sus colaboradores, clientes e inversionistas.

Esperar a que un 'paro cardíaco' —ya sea humano o corporativo— nos obligue a definir nuestro propósito pareciera, cuando menos, un acto de necedad. Quizás sea momento de apagar el modo automático y cuestionarnos: ¿Qué problema del mundo estoy llamado a resolver, desde aquello que me hace único? ¿Qué causa merece mis próximos latidos?

Despierto en el silencio de una habitación de hospital, lejos de mi recorrido de trote rutinario.

Mi corazón vuelve a latir y, con él, renace la oportunidad de darle sentido a aquello que antes carecía de él.

Miro al cielo y agradezco.

Por fortuna, este no fue mi último latido.

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