Gina Acosta Naranjo
Executive MBA de INALDE
Mi hijo mayor tiene 10 años y está entrando en la preadolescencia; creo que no estaba preparada para esta fase de la aventura. Gabriel, desde muy pequeño, es hablador, alegre, ruidoso y muy auténtico. La verdad es que la mirada de los demás no importaba mucho hasta este momento, en el que parece pesar más de lo que quisiera. Tiene sentido, porque está definiendo su identidad. Extraño aquello que lo hace único y diferente; sé que eso sigue ahí y se asoma de vez en cuando, cuando la expectativa y el juicio de los demás —incluyendo el de su mamá— se lo permiten.
A veces, creo que el mundo corporativo nos devuelve a esa preadolescencia en la que buscamos ávidamente encajar. Necesitamos ser valorados, respetados y reconocidos, y hacemos todo lo que está en nuestras manos para proyectar nuestra "mejor versión", poniendo un candado a aquello que nos hace ver vulnerables e imperfectos. Quizás es justo ahí, en la sombra —en lo que castigamos—, donde lejos de estar lo que está mal, reside lo que nos hace brillar.
He trabajado con muchos líderes en mi carrera y si bien tengo la fortuna de conocer algunos magistrales a la hora de comunicar, una gran mayoría basan su comunicación en el conocimiento; en lo que necesitan que sus equipos sepan para estar "alineados". Su comunicación es mayormente racional porque se enfocan en qué decir, pero rara vez planifican su mensaje con un propósito que trascienda el informar: Inspirar y movilizar. Algunos también se pierden en el "lo que hice" o "lo que logré"; y cada logro, aunque sea un aplauso al ego, crea una distancia con aquel con quien buscamos conectar.
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