La historia que no queremos contar

03/08/2026

Gina Acosta Naranjo
Executive MBA de INALDE

Mi hijo mayor tiene 10 años y está entrando en la preadolescencia; creo que no estaba preparada para esta fase de la aventura. Gabriel, desde muy pequeño, es hablador, alegre, ruidoso y muy auténtico. La verdad es que la mirada de los demás no importaba mucho hasta este momento, en el que parece pesar más de lo que quisiera. Tiene sentido, porque está definiendo su identidad. Extraño aquello que lo hace único y diferente; sé que eso sigue ahí y se asoma de vez en cuando, cuando la expectativa y el juicio de los demás —incluyendo el de su mamá— se lo permiten.

A veces, creo que el mundo corporativo nos devuelve a esa preadolescencia en la que buscamos ávidamente encajar. Necesitamos ser valorados, respetados y reconocidos, y hacemos todo lo que está en nuestras manos para proyectar nuestra "mejor versión", poniendo un candado a aquello que nos hace ver vulnerables e imperfectos. Quizás es justo ahí, en la sombra —en lo que castigamos—, donde lejos de estar lo que está mal, reside lo que nos hace brillar.

He trabajado con muchos líderes en mi carrera y si bien tengo la fortuna de conocer algunos magistrales a la hora de comunicar, una gran mayoría basan su comunicación en el conocimiento; en lo que necesitan que sus equipos sepan para estar "alineados". Su comunicación es mayormente racional porque se enfocan en qué decir, pero rara vez planifican su mensaje con un propósito que trascienda el informar: Inspirar y movilizar. Algunos también se pierden en el "lo que hice" o "lo que logré"; y cada logro, aunque sea un aplauso al ego, crea una distancia con aquel con quien buscamos conectar.

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Todos, desde los más versados en el arte de comunicar hasta los más amateurs, sabemos que un principio básico para una comunicación efectiva es conocer a nuestra audiencia: quiénes son, qué los motiva y qué los moviliza. Sin embargo, a veces no tenemos la oportunidad de estudiarlos a fondo, entonces solemos asumir que son por ejemplo empleados que están ahí solo para recibir instrucciones o conocer los resultados del trimestre, y caemos en el hábito de simplemente transmitir mensajes.

Aun cuando ignoremos a profundidad quiénes nos acompañan, hay algo que sí sabemos de ellos: esa audiencia, esa persona tiene, al igual que nosotros, el candado de un cofre que le da pena abrir. Guarda un error, una herida, un fracaso o un mal hábito que le avergüenza; esa historia que nunca quiere contar, pero que todos mueren por escuchar.

El storytelling, o el arte de contar historias, tiene como base un propósito que va más allá de transmitir un mensaje racional: busca inspirar. No se trata de actuar o dramatizar, sino de conectar con los demás desde lo que hace única nuestra propia historia.

El arco narrativo nos habla de cuatro componentes del storytelling: Contexto, Conflicto, Clímax y Conclusión. En el Contexto establecemos el escenario inicial; el Conflicto es ese desafío que nos obliga a salir de la zona de confort; el Clímax representa el punto de mayor tensión y aprendizaje, donde nos enfrentamos cara a cara con nuestra vulnerabilidad; y la Conclusión es la integración de la experiencia, mostrando la transformación alcanzada.

Todos podemos contar historias, pero no todos tenemos la valentía de hacerlo. ¿Por qué? Porque el storytelling nos conecta con el otro desde el lado que no queremos evidenciar; nos invita a sacar del cuarto oscuro nuestros miedos y nuestra fragilidad.

Brené Brown, en su célebre charla sobre el poder de la vulnerabilidad, dice que "no podemos experimentar empáticamente el valor, la compasión y la conexión sin antes permitirnos ser vulnerables", y no podría estar más de acuerdo. Mostrar nuestra vulnerabilidad nos asusta porque contradice nuestros instintos básicos de supervivencia. Vivimos en una cultura que a menudo confunde la armadura emocional con la fuerza, cuando en realidad es todo lo contrario.

Tener la valentía de hablar de las heridas y mostrar la fragilidad hace que las personas dejen de oír una presentación para empezar a sentir un mensaje. Ahí reside el poder de la historia. El líder verdaderamente valiente comparte los aprendizajes que ya ha procesado (la cicatriz). La clave no es el desahogo, sino la generosidad de enseñar a través del propio camino recorrido.

Al final del día, la ciencia respalda lo que nuestra intuición corporativa tantas veces teme. La neurociencia nos confirma, a través de estudios como los del Dr. Paul Zak, que cuando un líder se atreve a compartir un conflicto real, no está revelando debilidad; está detonando un proceso químico de confianza en su equipo. Es, literalmente, biología de la conexión.

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Y si el miedo a ser juzgados nos detiene, recordemos el "Efecto Pratfall" de Elliot Aronson: nuestra perfección inalcanzable solo levanta muros, mientras que una pequeña dosis de humanidad nos hace accesibles. Nos sucede lo que él "Beautiful Mess Effect" describe tan bien: mientras nosotros tememos que nuestra vulnerabilidad nos etiquete como incompetentes, nuestro equipo la interpreta como el acto de valentía más honesto que han visto en años.

El liderazgo no consiste en ser el superhéroe que nunca se equivoca, sino en ser el humano que, al reconocer su herida, invita a los demás a sanar y a brillar con la suya. Porque, al final, la historia que no queremos contar es precisamente la que todos están esperando escuchar. "Háblame de tu herida y admiraré tu cicatriz".

Vuelvo a Gabriel y a su lucha silenciosa por encajar. Lo miro hoy, tratando de domar su risa ruidosa para no incomodar, y me doy cuenta de que yo también, en mi traje corporativo, he sido ese niño frente al monitor, editando mis palabras para parecer el líder infalible que el sistema me dijo que debía ser. Pero la verdadera conexión no nació de mis informes perfectos, sino de las veces que me tembló la voz al admitir un fracaso.

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