Juan David Martínez Q.
Executive MBA de INALDE
Los resultados de las pruebas PISA no inundaron los medios ni ocuparon en el debate público el espacio que deberían. Las discusiones públicas tienden a centrarse en indicadores que nos hablan en cierta medida del corto plazo: producto interno bruto, índices de precios, salario mínimo. Parecieran ser las mejores brújulas que indican hacia dónde va el país. Sin embargo, un problema como el que se desencadena con una generación con niveles pobres de educación debería hacer que los otros indicadores pasen a un segundo plano. Si pensamos en el país como un carro, es como si estuviéramos midiendo la velocidad y la cantidad de combustible, pero sin darnos cuenta de que la gasolina es cada vez de peor calidad. Lo difícil es que esto requiere de una estrategia de largo plazo que, en una sociedad enferma de inmediatez y de presente, difícilmente encuentra el espacio y la voluntad continuada para poner el problema de la educación en el centro de todo.
La amenaza que representa tener generaciones con deficiencias en comprensión de lectura y pensamiento crítico no debe desestimarse; una sociedad más susceptible a manipulaciones y populismos puede enfrentar consecuencias muy delicadas. Cuando la lectura y el pensamiento crítico son nuestros puntos débiles en un mundo que va sin freno a una inmersión en la inteligencia artificial, no vamos a tener en ella una herramienta que impulse nuestro desarrollo, sino una que fracture aún más la sociedad. Y si a esto sumamos los problemas de productividad que tenemos en Colombia, el panorama es aún más preocupante. Tenemos una brecha que cerrar y nuestras herramientas para ello, en lugar de mejorar, están empeorando.
