Carlos Francisco Restrepo
PDD de INALDE
Empiezo con un cuento de la tradición popular iberoamericana llamada "el viejo, el niño y el burro":
Dice la fábula que una vez iban por un camino un viejo, un burro y un niño. El niño iba montado en el burro y el viejo lo llevaba de cabestro. Pasaron por un caserío, y la gente criticaba: "Qué niño más desconsiderado, no se da cuenta de lo cansado que irá su abuelo".
Al oír los comentarios, el niño se bajó y el viejo se montó al burro. Pasaron por otra aldea y la gente protestaba: "Qué viejo tan descarado, poner un niño a caminar, no hay derecho".
Ante esta crítica, el viejo resolvió que su nieto se montara también, al anca, detrás de él. Pero al pasar por el siguiente pueblo la gente murmuraba: "Qué abusivos, pobre burrito con semejante peso".
Al oír esta observación, se apearon los dos y siguieron caminando al lado del burro. Ya iban llegando a su destino, pero al entrar al pueblo la gente los señalaba y se burlaba de ellos: "Miren qué idiotas, tienen un burro y ni siquiera lo usan".
Llegó un momento en mi vida en que las preguntas sobre quien soy, y qué debo ser y lograr, se convirtieron en un asunto pendiente, un pasajero permanente que ya no podía ser ignorado. Así que empecé a buscar respuestas.
Al principio éstas fueron bastante superficiales, construidas a partir referentes que la sociedad ha encumbrado. Quizás es que el ruido y brillo del mundo inducen a pensar que construir una mejor versión de uno mismo es un asunto exclusivamente de éxito y por tanto se trata de tener o poder.
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