Sanas intenciones

Sanas intenciones

28/08/2025

Carlos Francisco Restrepo Palacio
PDD de Inalde

¿Alguna vez has dicho o hecho algo que terminó mal, aunque no era tu intención? ¿Te han juzgado por consecuencias que no buscabas? Esta experiencia es común. Muchas veces, nuestras acciones se interpretan por sus efectos, no por nuestras intenciones, lo que puede generar frustración y confusión.

Como consultor, he hablado con personas involucradas en procesos disciplinarios o fiscales. Lo que más me ha sorprendido es cómo se aferran a sus intenciones al defenderse: no querían causar daño, no sabían que estaba mal, pensaban que hacían lo correcto. Pero en estos procesos no se juzga lo que pretendían, sino lo que hicieron o dejaron de hacer y las consecuencias que ello generó.

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Este fenómeno no es aislado. Parece parte de la naturaleza humana molestarnos cuando nos juzgan por las consecuencias de nuestras acciones sin tener en cuenta nuestras intenciones. Para analizar esto, parto de tres premisas:

  1. La mayoría de nuestras acciones provienen de decisiones, pero no todas son intencionales.
  2. Toda acción (o inacción) tiene consecuencias: a veces grandes, a veces pequeñas, a veces buenas, a veces malas.
  3. Decir “no era mi intención” ya expresa una intención: de no hacer daño, de lograr algo distinto, de evitar un error.

Ahora bien, ¿por qué a veces nuestras intenciones no coinciden con los resultados?

En ocasiones es por falta de experiencia: no entendemos bien las consecuencias de nuestros actos. Otras porque actuamos sin atención, por impulso, cansancio, enfermedad o bajo influencia de sustancias. También puede ser que no tengamos control sobre todas las variables, o que actuemos por presión externa, siguiendo más la intención de otros que la propia.

Lo cierto es que intención y consecuencia no siempre van de la mano, y sin embargo seguimos siendo responsables de nuestras acciones. De ahí la famosa frase: “el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones”.

Esto no niega que existan personas que actúan con mala intención. Pero incluso quienes obran mal, muchas veces justifican sus actos desde un sistema de creencias que les hace sentir que su causa es justa. Es decir, todos tendemos a ver nuestras propias intenciones como buenas o al menos justificables, incluso cuando los demás las ven como egoístas o maliciosas.

Algunos consideran que el fin justifica los medios, o aceptan ciertos “daños colaterales” por perseguir un bien mayor. Otros, aunque saben que su acción es incorrecta, no buscaban causar todo el daño que finalmente produjeron. El sentimiento de culpa aparece cuando la consecuencia negativa excede la intención original.

Y sin embargo, las intenciones son invisibles. Solo la persona las conoce. Por eso solemos ocultarlas, sobre todo si son cuestionables. En algunos casos se hacen explícitas, pero eso es poco frecuente. Entonces, ¿cómo conocer la verdadera intención detrás de una acción?

No hay una respuesta clara. A veces se intuye por la forma en que se actúa, por la coherencia o constancia del comportamiento, por el arrepentimiento o la culpa que se expresa. Pero también puede haber manipulación. De ahí la complejidad del trabajo de un juez: no basta con analizar los hechos y sus consecuencias, también debe interpretar la intención. La ley castiga de manera distinta según esta variable.

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En cambio, las acciones y sus efectos sí son visibles, objetivables, y por eso es más fácil juzgarnos desde ahí. Aunque nos duela, los demás suelen valorarnos por lo que hacemos, no por lo que queríamos hacer.

Ahora bien, ¿son entonces las intenciones menos importantes que las acciones? Yo diría que no. Las intenciones le dan sentido a la acción, ayudan a interpretar su valor, y pueden atenuar o agravar la responsabilidad. Pero eso no nos exime de hacernos cargo de lo que hacemos o dejamos de hacer.

Crecer en consciencia significa aceptar esa responsabilidad. Un líder consciente examina sus intenciones, procura que sean sanas, justas y coherentes con el propósito que busca. Porque, al final, no solo importa lo que se logra, sino desde dónde y para qué se actúa.

En el ámbito organizacional, las intenciones orientan las estrategias. Un objetivo de crecimiento puede buscarse debilitando a la competencia, o puede alcanzarse impulsando el desarrollo y la innovación. Las consecuencias serán distintas, y también el valor generado. Es más probable que las consecuencias positivas provengan de intenciones positivas. Por eso necesitamos más líderes conscientes.

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