Lo mismo ha ocurrido con el talento. Especialmente para las generaciones Millennials y Z, el propósito es un criterio esencial al elegir dónde trabajar. Buscan organizaciones que resuenen con sus valores y que les permitan dotar de sentido su día a día, más allá del salario. En otras palabras, buscan lugares donde su trabajo conecte con aquello que da significado a sus latidos cotidianos.
De manera consecuente, los inversionistas también han tomado nota. El capital global se ha volcado hacia fondos que evalúan criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG). Han comprendido que el propósito no es solo un valor agregado sino una estrategia para mitigar riesgos regulatorios y reputacionales, en pro de negocios más estables y rentables a largo plazo. Porque, al igual que ocurre con las personas, las organizaciones con propósito suelen desarrollar un latido más resiliente frente a la incertidumbre.
El caso de Best Buy es testimonio de cómo el propósito puede salvar a una compañía del abismo. Ante el 'showrooming' —ese fenómeno donde las tiendas físicas se convertían en vitrinas para las compras en Amazon—, el CEO Hubert Joly decidió no recurrir al camino fácil de los despidos masivos. Por el contrario, redefinió la esencia del negocio: dejó de competir solo por precio para empezar a 'enriquecer la vida de las personas a través de la tecnología'. Al priorizar la asesoría humana sobre la venta transaccional, capacitar a su gente y aliarse con gigantes del sector, la empresa no solo evitó la quiebra, sino que logró un histórico giro comercial que multiplicó el valor de sus acciones y demostró que la rentabilidad sostenible es, en esencia, la consecuencia directa de operar con sentido: con un propósito. Cuando una organización encuentra ese propósito, también encuentra el latido que alinea a sus colaboradores, clientes e inversionistas.
Esperar a que un 'paro cardíaco' —ya sea humano o corporativo— nos obligue a definir nuestro propósito pareciera, cuando menos, un acto de necedad. Quizás sea momento de apagar el modo automático y cuestionarnos: ¿Qué problema del mundo estoy llamado a resolver, desde aquello que me hace único? ¿Qué causa merece mis próximos latidos?
Despierto en el silencio de una habitación de hospital, lejos de mi recorrido de trote rutinario.
Mi corazón vuelve a latir y, con él, renace la oportunidad de darle sentido a aquello que antes carecía de él.
Miro al cielo y agradezco.
Por fortuna, este no fue mi último latido.