Julián Villanueva, profesor de IESE Business School
Ricardo Barreto, director ejecutivo del Executive MBA de INALDE
Los líderes de empresas saben que el área de ventas es tan esencial como compleja. Es el frente de batalla, el motor de ingresos, la línea directa con el mercado. Pero también es, en muchas organizaciones, el área más difícil de estructurar, alinear y hacer predecible. No por falta de intención, ni de talento, sino porque su dinámica —urgente, emocional, impredecible— tiende a resistir el orden.
Sabemos que hay algo que no está del todo bien. Que podríamos estar vendiendo más, con menos desgaste. Que hay oportunidades que se escapan, esfuerzos que se duplican y decisiones que se toman sin información clara. Lo vemos. Lo intuimos, pero es difícil ponerle nombre. Más aún, es difícil saber por dónde empezar a resolverlo.
Y entonces aparecen las frases. Las de siempre. Las que revelan más de lo que parecen: “Tenemos un equipo comercial excelente, pero cada vendedor trabaja a su manera y no hay un proceso uniforme”.
“Las previsiones siempre son optimistas, pero al final no conseguimos las ventas que nos hemos propuesto”.
“El equipo de ventas se queja de que el CRM es una carga, pero sin datos no podemos gestionar bien el negocio”.
“Nos cuesta vender valor y terminamos compitiendo solo en precio”. “Cada vez que un vendedor clave se va, perdemos clientes porque todo el conocimiento lo tienen ellos”.
“Tenemos demasiadas reuniones internas y nuestros vendedores pasan menos tiempo vendiendo que gestionando burocracia”.
“No hay coordinación entre marketing y ventas: los leads llegan fríos y los comerciales los dejan pasar”. “El equipo no está registrando bien las interacciones en el CRM”.
Cada una de estas frases, por sí sola, podría parecer un síntoma puntual. Pero en conjunto, dibujan una realidad comercial que muchos líderes toleran más de lo que quisieran admitir. Y aunque saben que no es sostenible, siguen postergando la conversación de fondo: ¿cómo llevar el área comercial al siguiente nivel sin poner en riesgo lo que hoy la hace única, sin romper lo que sí funciona y sin perder competitividad en el intento?
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Este artículo nace de una inquietud recurrente en muchas organizaciones: la sensación de que las ventas funcionan, pero sin un verdadero control. Se vende, sí. Pero no siempre se sabe cómo, ni por qué, ni con qué consistencia. Lo que se busca aquí no es diagnosticar superficialmente ni ofrecer una solución prefabricada, sino invitar a una reflexión de fondo.
Porque vender no debería ser una secuencia de esfuerzos aislados, ni una carrera de talentos individuales, sino un proceso deliberado: un conjunto de actividades conectadas en el tiempo, ejecutadas por distintas personas y apalancadas en herramientas y canales, con un propósito claro y una lógica coherente. Este texto propone mirar de nuevo ese proceso y tensionarlo: identificar dónde hay ruido, dónde se rompe la secuencia, dónde hay cuellos de botella. Y desde ahí, abrir espacio a una pregunta esencial: ¿qué tan ordenado, consistente y estratégico es hoy el acercamiento comercial de la organización al mercado?
El proceso de ventas es el conjunto de actividades que realiza una empresa, a través de diversas personas, canales y herramientas, para atraer, captar y fidelizar a un cliente, organizadas en un orden secuencial en el tiempo. En teoría, esta definición parece clara y lógica. Pero en la práctica, pocas organizaciones logran materializarla con precisión. Algunas funcionan en medio del caos, donde cada vendedor actúa a su manera, toma decisiones bajo su propio criterio y, gracias a su experiencia o intuición, logra resultados aceptables o incluso excepcionales.
Otras han construido procesos genéricos —una suerte de estándar único para todos los productos, segmentos y situaciones— que terminan traduciéndose en rigidez interna, burocracia excesiva y una relación distante con el cliente. Muy pocas, en cambio, han conseguido diseñar procesos comerciales diferenciados, adaptados a la naturaleza de cada solución, al perfil de cada cliente y al momento específico del vínculo comercial. La pregunta de fondo es inevitable: ¿en cuál de estos escenarios se encuentra hoy el proceso comercial de la organización?




